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OPERATION ALISS (1 mayo 1943, pags. 171 a 173)

mayo 13, 2012

OPERATION ALISS  (Versión traducida)

El 1 de mayo de 1943, un sábado por la mañana, se me asignó al barracón francés a pintar las oficinas del Comisario de la Policía.

La tarea de recogidas de hojas secas y el transporte fuera del campamento, con la ayuda de carretillas,  se suprimió temporalmente debido a ciertas evasiones (de Yugoslavos, Furlan y compañía). Las salidas permanecían prohibidas  para todo tipo de ocupaciones.

Me encontraba pues en las oficinas, tratando de pintar la rampa interior, cuando los guardias se abalanzaron sobre nosotros con las órdenes de evacuar los lugares.

Los otros internados, el alemán de Berlín entre otros, salieron, y debí seguirles, sosteniendo el bote de pintura en una mano y el pincel en la otra.

Estaba muy lejos de imaginar lo que el Destino me reservaba en esta mañana de primavera. Nuestras miradas fueron atraídas en seguida por los guardias y los inspectores de policía, los cuales se dirigían hacia el pasillo principal, dónde un coche grande y negro, con un largo motor, lentamente llegaba hacia el barracón de las oficinas, para detenerse finalmente a una veintena de pasos de nosotros.

Muy sorprendido vi como dos oficiales alemanes, en uniformes verdes o grises, ponían pie a tierra, así como un hombre, de arriba abajo vestido de negro y  usando un sombrero que no se llegó a quitar.

Todas nuestras miradas de internados se posaron sobre la escena. Éramos bien una media docena, sin contar a los guardias, contemplando a estos individuos.

Oí al comisario darle órdenes a un cabo y éste se lanzó a la oficina del comandante. Sin embargo, no tuvo que caminar mucho tiempo, porque nuestro gran jefe avanzaba con destino al coche, con toda la velocidad que le permitían sus  largas piernas.

Haciendo el saludo militar alemán, e inclinando luego la cabeza, según la costumbre, aceptó la mano ofrecida por el que parecía tener mayor graduación.

Según Hans, uno de los oficiales era capitán y el otro comandante, perteneciendo los dos a la Gendarmería de campaña. Me confió su gran miedo, porque si venían a buscar a alguien éste no podía ser  otro que él.

– ¡Los conozco bien a esos tipos! Me dijo con voz ronca.

Entonces, el gendarme-comandante sacó inmediatamente un documento de una gruesa cartera de cuero a fuelles.

El comandante del campo echó a aquello una ojeada rápida. Volviéndose hacia el cabo alzó un poco la voz para darle sus instrucciones, acompañándose de gestos manuales y de sus piernas que golpeaban  una a la otra.

A su vez,  el cabo se dirigió a uno de nuestros guardias (que no eran  los habituales y no conocían a los internados por sus nombres) y le pidió que le siguiera.

Los vimos desaparecer en dirección a la sección B. Desde nuestra posición, yo no podía percibir cual sería la causa de los registros,  y los no trabajadores  que permanecieran en el área, no lograrían darse cuenta de la presencia de los alemanes.

Estupefactos, los susurros siguieron un buen rato sobre ésta visita que nadie esperaba, ni siquiera el comandante ni el comisario de Policía, quien parecía muy sorprendido y no hizo más que pedir disculpas por no ser capaz, a causa de la pintura fresca, de llevar a estos señores hasta sus oficinas.

Hans, bastante nervioso, trató de colarse…

Me volví hacia él:

-Es posible que sea a ti a quien buscan.

-¡Oh! ¡No me sorprendería! ¡Con esos (¿?) allí (él siempre decía ésta expresión) nunca se sabe!

Nuestro capataz, como siempre,  éste español de nacionalidad francesa que posee una pequeña casa Tarragona, según él, nos rogaba que nos mantuviéramos en silencio y en el mismo lugar. Cada vez que un personaje extranjero penetraba en campo, estaba prohibido moverse y entrar en las barracas del cuartel francés.

Debíamos quedar a la vista y al alcance de las carabinas de los guardias, quienes no nos quitaban ojo, como si súbitamente nos hayamos convertido en unos individuos peligrosos.

Al cabo de una media hora, el cabo, flanqueado por un guardia, volvió cabizbajo de nuestro barracón. Dirigiéndose al comisario, le confió que el interno buscado se encontraba, de momento, en el barracón francés y en los trabajos de pintura.

Oí bien esas palabras… La pintura… Y un escalofrío me subió entre los omóplatos, porque por añadidura, de repente, un nombre emergió del alboroto de guardias quienes hicieron un movimiento de cerco en torno a él… ¡Eleazar!

Me pareció como si la tierra se hundiera bajo mis pies… ¡Sí! Sin duda un mundo acababa de desaparecer y otro nuevo aparecía entre el verde follaje.

Cuando los guardias fueron a hablar de nuevo y nadie me dijo nada, recuperé un poco de aliento. Apenas podía creer lo que oía. Pero mi nombre fue bien pronunciado. Lo entendí repetido por otro guardia, que rápidamente llegó a la siguiente conclusión. A lo largo del campo ningún otro tipo se llamaba Eleazar, mucho menos, en este momento, estaba designado a  la tarea de la pintura en el cuartel Francés.

Si existiera aquí otro Eleazar, lo habría sabido al mismo momento de su llegada y a pesar del desfile incesante miles de judíos, ni uno sólo de esta raza con mi nombre puso los pies entre nuestros alambradas. El comisario gritó a todo pulmón, echando una mirada alrededor de nosotros.

– ¿Alguno de ustedes se llama Eleazar?

Ahora no cabía la menor duda. Se trataba bien de mí. Antes de hacer un solo gesto un guardián me señaló con el dedo:  ¡Era la milicia!

Me vi obligado a responder.

-Me llamo Eleazar, de nombre…

-¿Y estás inscrito en el registro de entrada del campo bajo el nombre de Rodellas?

-Sí… Le dije.

-Entonces, acérquese… Estos señores desean hablar con usted. Por cierto, ha sido liberado por la Secretaría de Justicia de Vichy.

Mi cabeza se desprendió del mundo presente.

Avanzando hacia esos alemanes una inquietud inmensa invadió mi espíritu. Una cuestión ardiente bullía en mi cerebro.

Si fui liberado por Vichy, tal como mi tata me lo anunciaba en su última carta y en su telegrama, ¿Por qué motivo esta liberación me llegaba del fondo de la cartera de un comandante de la gendarmería  alemana? ¡Los alemanes no estaban a punto de arrestarme!

                                                                  OPERATION ALISS  (Versión original)

Le premier mai 1943, un samedi matin, je fus affecté au quartier français pour peindre les bureaux de la Sureté ou du commissaire de Police.

La corvée du ramassage des feuilles mortes et de son transport en dehors du camp, à l’aide de brouettes, se trouvait momentanément  supprimée à cause de certaines évasions (celle des Yugoslaves, Furlan et compagnie). Les sorties demeuraient interdites pour toutes sortes d’occupations.

Je me trouvais donc dans le bureau en train de peindre la rampe intérieure quand des gardiens se précipitèrent sur nous avec ordre d’évacuer les lieux.

Les autres internés  -l’allemand de Berlin entre autres- sortirent et il me fallut les suivre en soutenant le pot de peinture d’une main et le pinceau de l’autre.

J’étais bien loin de supposer ce que le Destin me réservait en ce matin de printemps. Nos regards furent aussitôt attirés par les gardiens et les inspecteurs de police, lesquels se dirigeaient vers l’allée principale où une grosse voiture noire, avec un long moteur, arrivait lentement vers la baraque des bureaux, pour s’arrêter finalement à une vingtaine de pas de nous.

Très surpris je vis comme deux officiers allemands, en uniformes vert ou gris, posaient pied à terre, ainsi qu’un homme, de haut en bas vêtu de noir et coiffé d’un chapeau mou qu’i n’enleva pas.

Tous nos yeux d’internés se portèrent sur la scène. Nous étions bien une demi-douzaine, sans compter les gardiens, à contempler ces individus.

J’entendis le commissaire donner des ordres à un brigadier et celui-ci fonça au bureau du commandant. Cependant il n’eut pas à cheminer long temps car notre grand chef avançait en direction de la voiture de toute la vitesse lui permettant ses longues jambes.

Saluant militairement les allemands, puis inclinant la tête de côté, selon son habitude, il accepta la main offerte de celui qui paraissait avoir le plus de grades.

Selon Hans, l’un des officiers était capitaine et l’autre commandant, appartenant tous les deux à la Feld-gendarmerie. Il me confia sa grande peur car s’ils venaient chercher quelqu’un celui-ci ne pouvait  être autre  que lui.

-Je les connais bien ces types-là ! Me fit-ìl d’une voix rauque.

Alors le gendarme-commandant sortit immédiatement un document d’un gros cartable de cuir à soufflets.

Le commandant du camp y jeta un rapide coup d’oeil. Se retournant vers le brigadier il éleva un peu la voix pour lui donner ses instructions, en s’accompagnant de gestes  manuels et de ses jambes qu’il battait l’une contre l’autre.

A son tour le brigadier se dirigea à l’un de nos gardiens (ceux-ci n’étant pas les habituels ils ne connaissaient pas les internés par leurs noms) et le pria de la suivre.

Nous les vîmes disparaître en direction du quartier B. De notre position je ne pouvais apercevoir celui à cause de la baraque des fouilles et les non-travailleurs restés dans le quartier n’arriveraient pas à se rendre compte de la présence des allemands.

Stupéfaits, les chuchotements allient bon train sur cette visite dont personne s’y attendait, même pas le commandant ni le commissaire de Police, lequel semblait bien surpris et ne faisait que s’excuser de ne pouvoir faire entrer ces messieurs à cause de la peinture toute fraiche de ses bureaux.

Hans, tout à fait nerveux, tâchait de se faufiler entre nous…

Je me retournais vers lui :

-C’est peut-être bien toi qu’ils cherchent.

-Oh ! Cela ne m’étonnerait pas ! Avec ces zigoteaux-là (il disait toujours cette expression) on ne sait jamais !

Notre chef de corvée, toujours le même, cet espagnol de nationalité française possédant une petite maison a Tarragone, selon, lui, nous priait de rester silencieux et sur place. Chaque fois qu’un personnage étranger pénétrait dans camp, il  était interdit de se mouvoir et entrer dans les baraques du quartier français. Nous devions demeurer à vue et à portée des carabines des gardes qui ne nous quittaient pas des yeux, comme si subitement nous serions devenus des individus dangereux.

Au bout d’une demi heure, le brigadier, flanqué du gardien, revint tout penaud de notre  quartier. S’adressant au commissaire il lui confia que l’interné recherché se trouvait en ce moment au quartier français et à la corvée de la peinture.

J’entendis bien ces paroles… la peinture… et un froid me saisit entre les omoplates, car de surcroît, tout à coup, un nom émergea du brouhaha émanant des gardes qui firent un mouvement d’encerclement autour de lui… Eléazar !

Il me sembla comme si la terre s’enfonçait sous mes pieds… Oui ! Sans doute un monde venait de disparaître et un autre nouveau apparaissait entre la verdeur des branchages.

Je ne voyais plus mes compagnons et tout semblait se retirer devant moi.

Comme les gardiens discutaient encore et personne ne me disait rien, je repris un peu de souffle. J’avais peine à croire mes oreilles. Cependant mon nom fut bien prononcé. L’entendant répéter par un autre gardien, rapidement j’arrivais à la conclusion suivante. Dans tout le camp aucun autre type s’appelait Eléazar et encore bien moins en ce moment se trouvait à la corvée de peinture au quartier français.

Si ici in autre Eléazar existait je l’aurais  su à l’instant même de son arrivée et malgré l’incessant défilé de millier de juifs, pas un seul de cette race avec mon ne mit les pieds entre nos barbelés.

Le commissaire cria de tous ses poumons, tout et jetant vers nous un regard circulaire.

-L’un d’entre vous s’appelle Eléazar ?

Maintenant aucun doute ne paraissait possible. Il s’agissait bien de moi. Avant de faire un seul geste un gardien me désigna du doigt : c’était le milicien !

Je fus obligé de répondre.

-Je m’appelle Eléazar, de prénom…

-Et vous êtes  inscrit au registre d’entrée du camp sous le nom de Rodellas…

-Oui… fis-je.

-Alors approchez-vous… Ces messieurs désirent vous causer. D’ailleurs vous êtes libéré par le Secrétariat de Justice de Vichy.

Ma tête se détachait du monde présent.

En avançant vers ces allemands une immense inquiétude envahissait mon esprit. Une question brûlante affluait à mon cerveau.

Si j’étais libéré par Vichy, tel comme ma tata me l’annonçait dans sa dernière lettre. Et son télégramme, pour quelle raison cette libération m’arrivait du fond du cartable d’un commandant de la gendarmerie allemande ? Les allemand ne m’arrêtèrent point !

 

 

 

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MI PADRE PASA A LA OFENSIVA (pags.167-168)

mayo 12, 2012

    (Versión traducida al castellano)

              MI PADRE PASA A LA OFENSIVA

  

      La decisión de continuar la lucha por la liberación total de Siria, propuesta por mi padre, fue acogida con gran entusiasmo.

      Los árabes deberán actuar ahora como si los acuerdos de Sykes-Picot no existieran en absoluto.

      El emir Faisal glorificó al gran y heroico Nasir como en justicia merecía, y le nombró Comandante de las tropas árabes del frente norte. 

      Este, con la participación de cinco mil hombres, se apresuró  hacia el enemigo,  atrincherado en Alepo con toda la artillería a su disposición,   junto a  los restos de los batallones aniquilados  en los alrededores de Damasco.

      Alep cayó, y los árabes no tardaron en ocupar  Alexandrette o Iskenderun, así como Antioche o Antakya, y en estas ciudades una muchedumbre frenética aclamó a mi padre a los gritos de:

      ¡Faysal! ¡ Hussein! ¡ Faysal! ¡ Hussein!

      Los turcos huían ya precipitadamente de la ciudad de Adana cuando los ingleses, realmente,  comprendieron las dimensiones de la Epopeya Árabe.           

      Y entonces se asustaron, se asustaron terriblemente… ¡Faysal era capaz de     alcanzar Constantinopla! Y entonces… Entonces quién sabe lo que podría llegar a lograr hacer.

      Ahora que el Imperio Ruso no existía,  nadie más prestigioso que el Emir árabe podría acercarse a estas tierras para tratar de reconstruirlo.

      Francia e Inglaterra habían luchado tanto para destruir los Imperios Rusos y turcos, los cuales molestaban enormemente sus intereses, que no iban a permitirle a un Profeta árabe de lo talla de mi padre, venir a destruir planes tan astutamente establecidos desde el asesinato del archiduque heredero de Austria, Francisco-Fernando y su esposa, hasta el asesinato de los Zares del Imperio Ruso  y sus hijos.

     Allenby también aconsejó a los franceses tener un poco de paciencia y, temporalmente,  retirarse de Damasco, dejándole al tan famoso Emir de Arabia, el placer de instalarse provisionalmente en esta capital, a la espera de la firma del Tratado de paz. Los árabes perderían sin duda buena parte de su ardor.

      Y Allenby concluyó con sus palabras:

      – El futuro dirá…

      ¡Por supuesto!

      ¡Y sobre esta Tierra  sólo yo lo sé   y ninguna otra persona más.

(versión original)

MON PERE  PASSE À L’OFFENSIVE

La décision de continuer la lutte pour la totale libération de la Syrie, proposée par mon père, fut accueille avec un grand enthousiasme.

Les arabes devraient agir à partir maintenant comme si les accords de Sykes-Picot n’existaient  point.

L’Emir Faysal glorifia le grand et héroïque Nasir  comme de juste titre il le méritait, et le nomma Commandant des troupes arabes du front Nord.

Celui-ci, réunissant cinq mille hommes, fonça vers l’ennemi retranché à Alep avec toutes les pièces d’artillerie dont il disposait et les restes des bataillons anéantis autour de Damas.

Alep tomba, et les arabes ne tardèrent pas à occuper Alexandrette ou Iskenderun, ainsi qu’Antioche ou Antakya, et en ces villes une foule en délire acclama mon père aux cris de :

-Faysal !  Hussein ! Faysal ! Hussein !

Les turcs fuyaient déjà précipitamment de la ville d’Adana quand les anglais comprirent réellement les dimensions de l’Epopée Arabe. Alors ils prirent peur, terriblement peur… Faysal était capable d’atteindre Constantinople !

Et ensuite… Ensuite on ne saurait jamais ce qu’il arriverait à faire.

Maintenant que l’Empire Russe n’existait plus aucun prestigieux Emir arabe devait s’approcher de ces terres pour tenter de le reconstituer.

La France et l’Angleterre avaient tant lutté pour détruire les Empires Russe et Turc, les gênant énormément dans leur intérêts, qu’ils n’allaient pas permettre à un Prophète arabe de la taille de mon père venir détruire des plans si astucieusement établis depuis l’assassinat de l’archiduc héritier d’Autriche, François-Ferdinand et de son épouse, jusqu’à l’assassinat des Tsar de l’Empire Russe, et leurs enfants.

Aussi Allenby conseilla aux français de prendre un peu patience et se retirer momentanément de Damas, laissant au si fameux Emir d’Arabie le plaisir de s’installer provisoirement dans cette capitale, dans l’attente de la signature du Traité de Paix. Les arabes perdraient sans doute ainsi bonne part de leur fougue.

Et Allenby terminera par ses paroles :

-L’avenir dira…

Effectivement !

Et sur cette Terre je suis seul à le savoir et personne plus !

 

 

 

Mi padre, aquel árabe elegido por Dios…

diciembre 20, 2011
  • Traducido del libro OPERATION ALISS:

MI PADRE, AQUEL ARABE ELEGIDO POR DIOS

¡Días de Constantinopla!

Días de juventud, de esperanzas y de sueños…

De estudios entre buenos amigos,

entre cafés turcos,

entre tés y tés, hasta la llamada del almuecín,

hasta descalzarse a la puerta de la Mezquita

para orar a Allah una vez más,

todas las veces que cada día

dentro de nuestras almas árabes nosotros pensamos,

nosotros amamos y nosotros invocamos

nuestra tierra natal que gime de rodillas.

 

Mi padre, el Emir Faysal, sueña con la ruta del Sur… ¡La de Alep, de Homs, de Damasco, de Deera, de Amman, de Yeddah, de Medina y de la Meca!

¡La Meca! ¡Qué lejos está! ¡Tantas y tantas horas de tren!  La visión de las montañas interminables de Turquía, desde las ventanillas del tren a las vías zigzagueantes y atravesando desde extraños desiertos a colinas perforadas de agujeros.

¡Finalmente La Siria! ¡La Siria de sus sueños de infancia!

Era la etapa intermedia antes de abordar la gran tierra árabe (llamada Vazirat ul Arabe, nombre que proviene en primer lugar de BEZARAT “territorio del Zar Be”.

Entonces Bezarat, escrito VIZARAT, significó territorio de un Visir. Cuando pasara a las

manos de los chériffs esta tierra se convertiría en Vazirat de los árabes, aunque su nombre no indique ya nada más) que dormita a lo largo del Mar Rojo.

Aproximándose a Damasco, mi padre siempre sentía una extraña sensación. Jamás él pudo saber por qué.

Cuando el tren jadeante penetró en la estación, él ya se sentía como en su casa.

Una vez fuera, la vista de la gente le llenaba de una gran emoción. Aquella vista le parecía diferente a la de Constantinopla.

También se sentía más ligero. El clima podía contribuir a esa sensación.

¡Sí! El aire parecía más sano. Sin duda por no ser tan húmedo como el del Bósforo, y por su condición de hijo del Hedjaz mi padre sabía apreciarlo. Además las noches, en un lugar fresco, le aseguraban un buen reposo.

Primero la visita a un amigo libanés de Hermés que le recomendaron en Constantinopla. Era un hombre alegre y buen hablador que como él soñaba en una Siria sin turcos. Ellos se apresuran en ir hasta Kamal, casi en frente de una de las numerosas Mezquitas de la ciudad. Allí tomarían juntos unas tazas de té bien calientes.

La charla ya estaba en marcha. El tráfico en las calles de Constantitonopla, los obesos funcionarios turcos con cabezas tan duras y las delgadas empleadas municipales sirias, quienes debían inclinarse ante ellos para recibir alguna calderilla. En aquellos tiempos Abdul Hamid había logrado amasar por aquí y por allá una confortable fortuna.

Pero Faysal no olvidaba en insistir sobre el hecho de que los acontecimientos parecían inclinarse en favor de los árabes, tanto de Hedjaz como pueden ser de Siria.

-El chériff Hussein me ha encargado estudiar la situación en Damasco y debo visitar frecuentemente el Cuartel General de Yemal Pacha…

-¡Behannik! (te felicito), respondió de inmediato irónicamente el amigo.

Entonces mi padre acompañó un poco,  a pie, al libanés. Después, dando media vuelta se dirigieron hacia los zocos, a paso lento y despreocupado.

A él le agradaban los zocos de Damasco, pareciéndoles diferentes a otros conocidos hasta entonces y más acogedores que aquellos de Constantinopla con callejuelas interminables. Además les conducía directamente ante la Gran Mezquita.

Al llegar frente a las altas columnas de piedras antiguas su respiración devino más fácil.

El cielo se iluminaba de nuevo. Su mirada escrutaba los puestos de los vendedores.

En uno de ellos no tardó en divisar a viejo armenio de Urfa, el cual recibió una vez su ayuda en la estación de Alep, cuando fue la tierra de sus ancestros.

Al reconocer a Faysal Ibn Hussein, el viejo hombre vertió  lágrimas de alegría. Este se interesó en primer lugar por la salud del Chériff Hussein, después de sus hermanos y de él mismo. Enseguida prestó atento oído a las palabras de esperanza de mi padre, que vaticinaba en confidencia y a voz baja, el fin de los turcos.

El armenio conservaba todavía una tetera bien caliente, cubierta de una servilleta de lana rústica e invitó a mi padre a cruzar la puerta de madera. El viejo odiaba a los ocupantes con todas sus fuerzas y quería inquirirle sobre las nuevas corrientes de opinión en circulación por la capital otomana.

No paraba de interrogar a su noble amigo.

También habló largo tiempo de su Armenia lejana y de los terribles asesinatos donde los turcos se mostraron culpables.

-Mi hijo era un hombre piadoso, él debía casarse unas semanas después de nuestra tragedia, con una de las más bellas hijas de nuestra ciudad. Él me respetó siempre, y un hombre que respeta a su padre respeta las leyes…Sin embargo no pudo evitar decir la verdad. ¡Y  aquí ves tú a dónde lo ha conducido! Los turcos vinieron a buscarle una noche como ésta…Después, yo no lo he vuelto a ver más.

Cuando lo reclamé a la mañana siguiente, ellos tuvieron el cinismo de responderme que no sabían nada. Según su policía ninguna orden de arresto se había tramitado contra él. Diecinueve hombres dispararon aquella noche en nuestra ciudad, y nunca más nadie les volvió a ver ni escuchó hablar de ellos. Yo rabiaba de desesperación y me proponía  llamar a las puertas de los turcos, cuando amigos me aconsejaron huir a la mayor brevedad.

Y finalmente, a las súplicas de mis hijas y de mis más jóvenes hijos, tuve la necesidad de abandonar mi casa, y mis tierras. ¡Hice bien, puede ser!

Algunas horas después los turcos asesinaron a la mayor parte de los hombres que se quedaron en la ciudad. Y entre ellos, ¡Aquellos que me aconsejaron partir cuanto antes!

Mi padre trataba de consolarle ofreciendo al desdichado todas las palabras de esperanza que le venían a la boca, después abrazando con fuerza al khetyar (anciano) le susurró al oído:

-¡Al hurriyé qarreb! (¡La libertad se acerca!)

-Ve a ver al Chamman, Faysal… Nosotros le hablamos muy a menudo de ti.

Los dos hombres se saludaron otra vez. Dos grandes lágrimas cayeron por las arrugadas mejillas del viejo armenio.

-¡Allah idimak! (¡Dios te guarde!) Le dijo dulcemente mi padre.

Ahora el Emir Faysal recorría el patio de la célebre Mezquita de los Omeyas.

Volviendo a ver su suelo de piedras brillantes a causa de las carreras de los niños, pies descalzos, al contemplar su gran minarete recortado sobre un fondo completamente azul, al reconocer de nuevo sus imponentes columnas, él estaba seguro de encontrarse en esa Damasco de leyenda que le había obsesionado durante las noches nerviosas de Constantinopla.

Él no sabía con precisión si amaba más a Damasco que a su ciudad natal. Pero cuando por fin penetró bajo la inmensa bóveda de donde colgaban múltiples lámparas amarillas y cálidas,  y a sus pies descalzos reposaban las amplias alfombras rojas, algunas de las cuales fueron donadas por el Chériff Hussein, su augusto padre, se sintió atraído por una voz secreta y profunda que parecía susurrarle:

-¡Ven a mí! ¡Oh Emir Faysal! ¡Hijo de Hussein, Bravo entre los Bravos y Creyente entre los Creyentes¡ Ven a mí noble y puro descendiente de Mahammed… ¡Acércate a mi tumba en éste lugar! ¡Yo te he elegido para liberar La Siria y realizar una Misión Divina…!

Mi padre se quedó un cierto tiempo aturdido. ¿Cómo un pretendido muerto, enterrado sin duda bajo las losas de la Mezquita, podía transmitir a su cerebro aquellas palabras de exaltación?

No alcanzaba a comprender aquel misterio. Por cierto, no era la primera vez que éste lejano ancestro le hablaba de ésta manera. ¡No!

En cada viaje a la ciudad sagrada a él le parecía  oír aquella voz.

En cierta ocasión, con su padre, no teniendo más de una docena de años, sintió un extraño escalofrío al momento de penetrar en la gran Mezquita.

El Chériff Hussein Ibn Ali, hombre ilustre y buen conocedor de Damasco, poseía en ésta ciudad un buen número de amigos los cuales vinieron a verle a Constantinopla y fueron presentados a sus hijos.

Sin ninguna duda, uno de ellos, el Chamman de los Omeyas, visitó al Chériff Hussein dos o tres veces durante los 18 años de su residencia forzada en la capital otomana. Él vivía muy cerca y mi padre debía visitarle cuanto antes.

Faysal abandonó la Mezquita por la puerta posterior, del lado opuesto a los zocos.

Silenciosamente siguió una pequeña calle cruzando un barrio muy antiguo, una vez muy querido por su augusto padre,  el cual le contaba frecuentemente que en su juventud, en sus viajes a Damasco, él visitó por aquí a un amigo de Hedjaz, de Medina, aquél a quien encargó una vez buscarle viejos documentos, y como éste tardó en volver, finalmente tuvo que ir a Damasco él mismo para efectuar aquella tarea. Pero el amigo estaba en camino de realizar una buena labor…

TESTAMENTO POLITICO DEL ZAR NICOLAS II

octubre 13, 2009

nixolas IIEL TESTAMENTO OCULTO DEL ZAR NICOLAS II

Días antes de ser asesinada la familia real rusa, el Zar Nicolás II redactó en su encierro en la ciudad siberiana de Iekaterinenburg, este Testamento del cual hizo una copia para cada uno de sus hijos. Este Testamento -publicado aquí de forma parcial- es la copia que portaba Tatiana Nikolaievna Romanova, la cual logró escapar del magnicidio perpetrado por los bolcheviques el 17 de julio de 1918. Un documento inédito y oculto por los gobiernos de Francia y Rusia, quienes lo conocieron sobradamente.

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ESTE ES NUESTRO TESTAMENTO
PARA LA SUCESIÓN AL TRONO DE RUSIA

concerniente a los bienes de la Corona,
de la Iglesia Ortodoxa Rusa y de nuestras personas

Por la Gracia de Dios, nosotros Nicolas II, Zar de todas las Rusias y Gran Duque de Finlandia… y prisionero en Iekaterinenbourg con la Zarina Alexandra Feodorovna, el Zarevitch Alexis y nuestras cuatro hijas, las Grandes Duquesas, Olga, Tatiana, Maria y Anastasia,

Declaramos al Fiel Pueblo Ruso, a los gobiernos de los Paises Aliados y a toda la opinión mundial, que nuestra abdicación al Trono de Rusia, impuesta en el curso de nuestro viaje del Cuartel General de la Comandancia de nuestros ejércitos hasta nuestra residencia de Tsarkoie-Selo, no tiene ningún valor dinástico por haber sido obligado a firmar un texto inspirado por los traidores de nuestra querida Patria, por otra parte no rubricado en tinta a fin de demostrar a nuestros fieles súbditos nuestro rechazo del mismo y por consecuente yo declaro su valor como nulo, tanto en lo que concierne a nuestra propia abdicación como a la sucesión de nuestra Corona.

Con más razón por el hecho que nuestro hermano, el Gran Duque Mikhail Alexandrovitch, no ha querido aceptarla, mi abdicación en su favor no le confiere en ningún caso los derechos de sucesión para sus descendientes directos ni mucho menos su reconocimiento puede ser considerado como la renúncia de los Romanof al Trono de Rusia.

Los Romanof han creado el Imperio Ruso y jamás renunciaremos a la Tierra Bien Amada aportada a la Corona por nuestros ilustres ancestros y que no fue la obra de revolucionarios, anarquistas, judios, bolcheviques y otros libertarios ateos o prevaricadores.

Por otra parte, puesto que nuestra abdicación, establecida en esas condiciones, fue el resultado de una sucesión ininterrumpida de indisciplinas y de traiciones de la mayoría de los oficiales y de los soldados frente al enemigo, estando en su origen la actitud vergonzosa de los jefes superiores del Estado Mayor, después el Gran Duque Nicolas Nicolaievitch y otros malvados Romanof que nosotros excluimos de nuestra familia, junto a todos estos Generales nuestros dando funestos consejos a nuestro Gran Cuartel General y que traicionaron su Juramento a la Corona, a la bandera de la Patria Bien Amada y renegaron de Dios, para obedecer y servir los intereses extranjeros, repugnantes a nuestra moral cristiana y contribuyendo, para beneficio de sus propios intereses personales, a la disgregación del Imperio Ruso.

Estos traidores pactaron acuerdos secretos con los grupos financieros, políticos y religiosos encontrándose en territorio de nuestros Aliados, comprometiendo grandes partes de nuestro territorio y las numerosas riquezas todavía no explotadas de nuestra Querida Patria. (……………) y contribuyendo con su cobardía frente al enemigo, con sus instintos repugnantes y viles, con su ateismo, con su única moral conducida a la ganancia personal por encima de toda otra consideración de patria, de familia y de humanidad, con su envidia y su odio contra nuestras personas, a ser los verdaderos autores de la constitución de un estado Revolucionario y bolchevique, el cual tiene por meta principal impedir que un Romanof vencedor que pueda sentarse ante la mesa donde deberá firmarse un día el Tratado de Paz, pues los amos de estos traidores no desean de ningun modo ver al Imperio Ruso obtener la ciudad de Constantinopla, con el control sobre el Dardanelos, y otras ventajas en el Próximo Oriente.

Que puesto que fueron estos mismos intereses ateos e inmorales, los cuales instigaron el asesinato del Archiduque Francisco-Fernando a Sarajevo, teníendo como fin obligarnos a la movilización para atender nuestros compromisos (internacionales), a fín de utilizar la tierra Rusa como único campo de batalla, y que los cuatro Imperios, el Imperio Ruso, el Imperio Alemán, el Imperio Austriaco y el Imperio Turco se destruyerán así mutuamente. Mientras los pretendidos Aliados de Rusía se repartían los cuatro Imperios que les molestaban en sus planes expansionistas, en Europa y Asia.

Esta es la malicia de Satan contra la ingenuidad de los Creyentes, esta es la moral mercantilista de los banqueros de Londres contra la moral pura y noble de los campesinos, los pequeños funcionarios, los pequeños burgueses, los artesanos y los honestos trabajadores.

Estos son los instintos sucios y criminales de la alta burguesía laica, herética y judía de la Europa occidental contra la Fé pura de los Creyentes de nuestra Rusia, de los Creyentes de la Europa Central.

E igualmente de los Creyentes musulmanes, los cuales nos están dando en estos momentos bellas pruebas de su fidelidad a nuestras personas, a la Corona y a nuestra Gran Patria.

Esta es la guerra de los Sin-Dios, impuesta a nuestro pueblo, que está en camino de obtener su victoria sobre los millones de muertos Rusos abatidos en los campos de batalla o asesinados por las hordas bolcheviques y sobre todas las gentes honestas de Europa contrarias a esta moral herética, laica y criminal, sin fe en el Mesias ni amor en su prójimo, la cual va a esclavizar toda Europa desde los montes Urales hasta Gibraltar e inundará el mundo de su terror y su caos. (……………) cuando precisamente íbamos a ganar la guerra y aplastar bajo el peso de nuestro formidable ejército a todo el ejército alemán y austriaco, sabiendo muy bien en marzo de 1917, que nuestra ofensiva preparada minuciosamente para el mes de abril no dejaría ninguna oportunidad de defensa al ejército enemigo por disponer de cinco millones de soldados perfectamente equipados, bien nutridos y con la moral elevada, permitiéndonos tomar la ciudad de Berlín antes del mes de junio y ganar así la guerra sin necesidad de que los ejércitos Aliados penetrarán un sólo centímetro en territorio alemán,cosa que no hicieron jamás por otra parte combatiendo.

Nosotros comprendimos entonces las razones motivando nuestro arresto durante el mes de abril y descubrimos pronto la identidad de los instigadores de semejante infamia, los cuales pagaron y ordenaron a los traidores ateos arrestarnos.

El Pueblo Ruso tiene derecho a saber y comprender esto … que fue el propio enemigo quién facilitó la transferencia sobre su territorio del jefe judio de la revolución atea y marxista, conociendo sus instintos criminales y sus proyectos concerniendo a los Romanof, que fueron los socialistas franceses, los cuales gestionaron junto con la legación alemana en Berna todos los detalles permitiendo a este criminal tomar el poder en Petrogrado y (……………..) que los jefes revolucionarios reciben su paga del enemigo y otras fuerzas extranjeras alimentadas por las gentes que adjuran de nuestra religión y aborrecen nuestra Santa Tierra Rusa, por no tener en absoluto patria en su corazón.

Que, en resumen, la revolución impuesta desde el exterior a nuestro infeliz pueblo no ha estado secundada por la inmensa mayoría de los campesinos y los ciudadanos honestos,

revolución judía y atea, tramada y comandada por las fuerzas oscuras y siniestras, moviéndose a sus anchas y abiertamente en territorios de nuestros Aliados,

revolución criminal y sórdida, a la cual Alemania ha querido contribuir en última instancia, con el fín de suprimir su frente oriental y entorpecer la victoria de nuestra ofensiva de primavera que la hubiera aplastado.

Que todos los participantes en estos acontecimientos privándonos de nuestra libertad de expresión y movimientos fueron traidores, a sus juramentos de fidelidad prestados falsamente sobre nuestra Santa Biblia, a la Corona y a la bandera de nuestra Patria Bien Amada.

Que estos decidieron la farsa de nuestra abdicación y el crimen de nuestro arresto, y el de toda nuestra familia, haciéndola adjurar de los poderes y prerogativas durante nuestro Reinado, no autorizados por nosotros y que fueron contra las órdenes de mi Gobierno mientras cumplíamos nuestro deber al mando de los ejércitos.

Deber para con el Noble Pueblo Ruso, el futuro de Rusia y los compromisos irrevocables para con nuestros Aliados.

Que nuestra abdicación no ha tenido el resultado de la voluntad de la mayoría de los Rusos, los cuales siéndonos fieles súbditos, no han sido consultados, viendo que el Zarevitch no podrá ser el Zar activo y necesario reclamado por la situación difícil, a causa de su minoría de edad y de su estado de salud,

viendo que a pesar de ello no fue permitido a ningún miembro de nuestra familia asegurar la Regencia efectiva y tomar el mando de nuestro ejército, el cual, encontrándose sin nuestro apoyo y dirección y ante el espectáculo vergonzoso de la mayoría de sus jefes huyeran del frente y proclamando la derrota en los campos de batalla, sin ningún fundamento, invitando a los soldados a abandonar el combate y huir ante el enemigo, preso de un completo pánico cuando teníamos la victoria a la puerta de nuestros ejércitos,

viendo que la mayoría de los oficiales superiores han aceptado la capitulación de la manera más abyecta, (……………) puesto que nosotros estabamos perfectamente informados de que los embajadores ingleses y franceses no tenían otras misiones en Petrograd que alimentar la revolución con toda clase de fondos, proveyendo de una copiosa propaganda revolucionaria impresa en París e inventando mentiras con el fín de desacreditarnos ante nuestro Pueblo. Son ellos los que fomentaron la indisciplina dentro de nuestros ejércitos y de los destacamentos asegurando el orden de las ciudades y sobre todo de la capital, introduciendo sus agentes en todos los salones, las familias importantes y los ministerios.

Ellos pagaron y aconsejaron a los funcionarios de Estado a la desobediencia, al abandono de sus puestos y al Sabotaje. Ellos crearon habílmente y socarronamente toda suerte de anarquía, pues fueron agentes socialistas franceses quienes destruyeron en los depósitos las inmensas provisiones de harina, los que prendieron fuego a las fábricas textiles y de zapatos, los que envenenaron nuestras bestias de carga, inutilizando nuestros depósitos de gasolina, saboteando nuestras máquinas en las fábricas de guerra, e introdujeron las canciones revolucionarias, gritando en la calle en voz alta:

-¡A los Zares hay que cortarles el cuello, como nosotros hicimos con nuestros Reyes durante nuestra revolución…!

Los agentes franceses sobretodo inventaron toda clase de calumnias contra nuestras instituciones, nuestra Religión, nuestro Clérigo, nuestros Ministros, nuestros mejores funcionarios y hombres de confianza, armando a los criminales depravados y homosexuales, algunos de nuestra familia pervertidos en París, con objeto de cometer horribles asesinatos contra los que denunciaban sus maquinaciones y entorpecían los planes tendentes a favorecer los intereses mercantiles y expansionistas de sus gobiernos judios y socialistas, enemigos de Dios, los cuales desean destruir el Imperio Ruso, suplimir nuestra Corona, nuestras instituciones civiles y religiosas y reemplazarlas por una república laica y sumisa y su voluntad, transformando el suelo de nuestra Patria Bien Amada en varias colonias serviles a los intereses faltos de honradez, borrando a Dios de los labios de nuestros campesinos,

que el traidor Kerensky fue puesto en el poder gracias a los buenos oficios de las embajadas inglesa y francesa abasteciéndose de todo el dinero y el apoyo necesario, así como de una abundante propaganda de carteles y de tratados revolucionarios, editados en Londres y sobre todo en París, en lengua y escritura rusa.

Y con el fín de no perder nuestro tiempo en otros detalles, por encontrarnos extenuados de fatiga después de varias noches de insomnio, iremos al punto más importante de nuestro Testamento, redactado por nosotros según la Voluntad Todopoderosa de Dios Nuestro Señor.

Para cumplir la Misión recibida de EL el día de nuestra Coronación, por el Juramento hecho ante Nuestra Santa Biblia y los Santos Evangelios.

Nosotros, Nicolás Alexandrovitch y Alexandra Feodorovna, Zares de todas las Rusias, Gran Duque de Finlandia, etc… de conformidad al poder conferido por Dios Todopoderoso, Nosotros declaramos estar en el derecho de cambiar la Ley de Sucesión y nombrar a las Grandes Duquesas, Olga, Tatiana, Maria y Anastasia, nuestras hijas, como las solas herederas legítimas de la Corona de los Romanof y delegar en ellas los títulos de Jefes y Protectoras de Nuestra Iglesia Ortodoxa Rusa.

Así como nombrarlas Herederas Universales de todos nuestros bienes personales, depositados, establecidos, contratados o existententes, tanto en Rusia como en el extranjero y todos los que pertenecen a la Zarina, en razón de la heredad de su familia en Alemania, y para este efecto Nosotros agregamos, a parte, su Testamento redactado y firmado de su mano,

así como los bienes y propiedades perteneciendo a la Corona y a Nuestra Iglesia Ortodoxa Rusa, tanto en Rusia como en el extranjero. (………..)

Nosotros les delegamos el poder de hablar en nombre Nuestro ante los gobiernos Aliados y discutir y firmar cualquier acuerdo de armisticio así como los Tratados de Paz con los gobiernos o delegaciones enemigas y representarnos y representar a Rusia y sus intereses en las Conferencias Internacionales teniendo como meta el final de esta guerra mundial, la cual Nosotros debemos sufrir para hacer honor a nuestros Tratados.

Como Aliado de Gran Bretaña, de Francia, de Serbia, de Italia y de Rumania, entre otros. Nosotros pedimos a los gobiernos de estos paises considerar a la portadora, o portadoras de este Testamento, como la sola o las solas Representantes válidas para hablar en Nuestro nombre y calidad, la cual nosotros conservamos todavía en este momento por la Voluntad de Dios Todopoderoso y de nuestros fieles súbditos, y tratar los asuntos concernientes a la Corona de Rusia, los intereses de nuestra Querida Patria, así como del Noble Pueblo Ruso y de nuestro personal.

Si una sola de las Grandes Duquesas, nuestra hija, se salva, esta será la Heredera y si dos Grandes Duquesas o más se salvan será la mayor de entre ellas la Heredera a la Corona de Rusia.

Si a causa de circunstancias extraordinarias, una de las Grandes Duquesas, la que deberá ser considerada la Heredera al Trono deRusia, es mancillada en el curso de su tentativa de huir y salvar su vida y este testamento, ninguna cuenta le será tenida en su vida futura, frente al Trono de Rusia o frente a la Iglesia Rusa, la cual deberá sostenerla a todo precio contra las críticas o insultos pudiendo venirle de otros lugares.

En ningún caso ninguno podrá reprocharla de haber cometido un pecado pues tal acto de mancillación sufrido en contra de su voluntad será inmediatamente lavado por Dios nuestro Solo Juez y Señor.

Si de tal acto nace un niño, el deberá ser protegido y tendrá derecho a la herencia perteneciente a su madre, según las circunstancias y según la voluntad de su madre, pero no podrá jamás ser pretendiente a la Corona de Rusia, ni ser considerado como un Romanof.

En la posibilidad de producirse tal eventualidad, Nosotros declaramos que esta Gran Duquesa habiendo sobrevivido, deberá ser aceptada por todos los Rusos honestos y por nuestra familia, como la Heredera legítima de la Corona de los Romanof y del Trono de Nuestra Santa Rusia.

Ello en virtud del Poder impartido por Dios Todopoderoso el día de nuestra coronación y que Nosotros ponemos en uso a fin de que la decisión tomada por Nosotros en este momento sea absolutamente legítima ante Nuestro Fiel Pueblo Ruso.

Y según estas consideraciones expuestas por Nosotros en este Testamento, la sucesión al Trono de los Romanof, a la continuación del Reinado de aquella de las Grandes Duquesas sobreviviendo en las condiciones anunciadas más arriba, proseguirá en el hijo o la hija obtenida en su unión con un Príncipe de sangre real, antes o después de su proclamación como Zarina de Rusia, en matrimonio santificado por Nuestra Iglesia o en aquella del Príncipe Real.

Este niño deberá ser bautizado según el rito de Nuestra Iglesia Ortodoxa Rusa.

En el caso que el Heredero al Trono de Rusia o la Zarina de Rusia no haya podido casarse y la sucesión al Trono no esté asegurada por un descendiente real directo, hijo suyo, esta sucesión podría recaer en el hijo o hija primogénito de una de las Grandes Duquesas, sus hermanas, (partiendo de la de mayor edad).

Es decir sobre un sobrino de sangre real, hijo de una Gran Duquesa, su hermana, la cual ha podido salvarse, como el Heredero al Trono o más tarde, y unida a continuación a un Principe de Sangre Real de no importa que religión, raza o nacionalidad, siempre a condición que este sobrino o sobrina (mayor entre todos sus hermanos, única escogida como la Heredera de la Zarina por creer ser la más indicada a ocupar el Trono de Rusia), nacido de esta unión, haber sido bautizado en la Fe de la Iglesia Ortodoxa Rusa, en el momento de su nacimiento antes de ser designada como Zarevitch de todas las Rusias.

Este descendiente será considerado como un Romanof y el Heredero legítimo de la Corona de Rusia.

Sí este último caso no pudiera desgraciadamente producirse, la Sucesión al Trono deberá recaer en un Romanof de nuestra familia, nacido en suelo Ruso o en el extranjero, después de mi muerte,

que nuestra hija, eventualmente Zarina de Rusia, deberá designar, según su personal opinión, sin que intervengan en ningún caso los vínculos más próximos de parentesco para la sucesión más directa, según el árbol geneológico.

Son excluídos de la sucesión al Trono de Rusia, en el caso enunciado anteriormente, todos los niños nacidos de miembros de nuestra familia Romanof no habiendo sostenido moralmente, fisicamente y políticamente, la persona y la causa de aquellas de las Grandes Duquesas, nuestras hijas, habiendo sobrevivido a la huida de nuestro enprisionamiento actual y dirigiéndose al extranjero, será la designada para reivindicar sus derechos legítimos y conferidos por Nosotros, ante los gobiernos Aliados y otros pudiendo surgir como consecuencia de la Victoria sobre nuestros enemigos.

Ante todos los Rusos Cristianos o Creyentes encontrándose en Rusia o refugiados en el extranjero,

Ante nuestra familia,

Ante todas las honestas gentes de Nuestra Santa Tierra Rusa y finalmente ante todos los Creyentes en Dios Nuestro Señor, los cuales viven en el mundo entero, y no aceptando la vergüenza de ver a nuestras gentes detenidas todos los días por millares y torturadas hasta la muerte, por el sólo pecado de su fidelidad para con Nosotros, de su fidelidad a la Santa Tierra Rusa y su creencia en Dios, muerto sacrificado sobre la Cruz y que volverá a resucitar pronto para juzgarnos a todos.

Si por circunstancias afortunadas, suplicadas a Dios Todopoderoso en nuestras continuas plegarias, la Gran Duquesa salvada Milagrosamente, debiendo ser considerada como la Heredera (o en el caso de dos o las tres o las cuatro Grandes Duquesas pudieran salvarse… ¡que Dios nos oiga!) no teniendo que sufrir la humillación de ninguna mancillación y, como consecuencia de su huida al extranjero unirse con un Principe de Sangre Real o un miembro de una familia real, mismo si pertenece a una religión diferente de nuestra Iglesia Ortodoxa Rusa, pero preferentemente de una religión existente en nuestro Imperio Ruso y de una nacionalidad cualquiera, (según las leyes, costumbres, y religión de dicho Principe Real), el primer hijo macho nacido de esta unión será entonces el verdadero Zarevitch, es decir el Verdadero y Único Heredero al Trono de Rusia y de los Romanof.

Esto es lo que Nosotros hemos humildemente suplicado a Dios Todopoderoso, de rodillas, con las manos juntas, en plegarias constantes, la Zarina y yo, después del día de Pascua de Resurección, en Tobolsk.

A su mayoría de edad, el Trono, habiendo sido puesto provisionalmente sobre la Regencia de su madre, le recaerá en toda legitimidad por la Voluntad de Dios Nuestro Señor, al igual que por la Nuestra, tanto como si Nosotros somos muertos asesinados o prisioneros en vida no teniéndose noticias en el extranjero de nuestra suerte.

Todos aquellos que creen en Dios, en la palabra jurada sobre los Santos Evangelios, que continuarán llamándose Rusos y tendrán confianza en el Destino de nuestro Pueblo y de nuestra Patria, respetarán Nuestra Voluntad expuesta en este Testamento.

Nosotros excluímos a todos los miembros de nuestra familia del derecho de pretender el Trono de Rusia, de obtener cualquiera otra ventaja o derechos proviniendo de los bienes Rusos o de heredar nuestra fortuna personal depositada en los Bancos extranjeros,

para utilización de la misma a cada una de las Grandes Duquesas, nuestras hijas, poseyendo una autorización escrita y firmada de Nuestra mano, a fín de poder retirar las cantidades que ella o ellas desearan o la totalidad.

(……………..)

En todos los casos este documento designa a la portadora como mi Heredera Universal así como Heredera Universal de la Zarina, en tanto que Zarina de Rusia y Princesa de Hesse.

(……………..)

Los rusos no aceptando Nuestra Voluntad expuesta en este Testamento no serán más Rusos ni cristianos ante Dios, ante Nosotros y Nuestra descendencia, y deberán ser considerados como heréticos y revolucionarios bolcheviques, ateos y cómplices de los criminales de la más baja especie, los cuales cada día fusilan mujeres, jovenes y viejos, por el solo crimen de hacer el signo de la Cruz al acercarse a nuestra prisión. Sobre toda la extensión del Suelo Ruso, estos bolcheviques judios asesinan sin piedad a las gentes honestas y creyentes que rechazan su materialismo salvaje, bestial y sádico, y se oponen a nuestro encarcelamiento, privativo de nuestros atributos.

Provando así que el Pueblo Ruso continua considerándonos como Zares de todas las Rusias y considera nula la abdicación a la Corona a la cual nos han querido someter.

Nuestra Santa Iglesia Ortodoxa Rusa sobrevivirá a esta revolución de judios y ateos asesinos y se pondrá sobre la tutela del futuro Zarevitch de todas las Rusias, por Voluntad de Dios Nuestro Señor, solo juez de nuestros actos y de los de todos los hombres.

EL nos ha hecho saber que Nosotros deberemos morir Mártires del Pueblo Ruso -como tantos han muerto ya, de todas las condiciones sociales- la Zarina y yo y la mayor parte de nuestros hijos, y nosotros hemos aceptado con alegría su Veredicto Supremo, tanto el Zarevitch que ve su fín pronto y guarda la nobleza debida a su sangre, a pesar de los insultos y los dolores sufridos día y noche.

El sueña con el nuevo Zarevitch, fuerte e inteligente, el cual sabrá proclamar Nuestro sacrificio y hacer justicia a los infelices Rusos, cayendo cada día ante las balas enemigas,

pues Dios Todopoderoso, en su infinita Bondad, nos ha prometido salvar al menos a una de las Grandes Duquesas, nuestras hijas, EL SABE lo que HACE y Nosotros aguardamos con impaciencia el CUMPLIMIENTO de su VOLUNTAD.

Gran Alegría será entonces para todos los Creyentes del Mundo entero, para todos aquellos que creen en María y Jesús, en la Voluntad Divina, en la Resurección y en el Juicio Final.

Gran derrota experimentarán al fín todos los ateos de este mundo que se verán privados de sus falsos argumentos.

¡GLORIA A TÍ SEÑOR!

Nosotros no dudamos un instante de Vuestra Alta Potestad, estando plenamente seguros que un día este Testamento será conocido de todos los Rusos y de los hombres honestos y de buena voluntad de cada nación.

Ellos se darán cuenta entonces cuan es el verdadero Poder sín límites de Dios, bien superior al de los revolucionarios de este mundo.

Nosotros confiamos en estos hombres de buena voluntad, existiendo en cualquier nación, de la misma manera que Nosotros no hemos cesado de confiar en Dios en nuestras horas más tristes y difíciles de estos días de angustias, humillaciones y sufrimientos, compartidos con nuestros queridos amigos, los cuales no desean abandonar nuestra causa y están decididos a morir con Nosotros, confiando ellos también en el Milagro prometido por Dios, dichosos de compartir Nuestra suerte a fín de reunirse, en Nuestra compañía, en el Cielo donde Nos aguarda y en donde nosotros veremos al Zarevitch recuperar el Trono de los Romanof y extender la Justicia de Dios sobre todas las tierras de Nuestra Santa Rusia.

Ningún Ruso honesto podrá renegar de Dios en el futuro, pues renegar de Dios será renegar de su Patria y renegar de su Patria será renegar de su madre, su padre y sus hijos.

Ningún Ruso pretendiéndose creyente sincero podrá continuar llevando esta denominación, si reniega de la Voluntad y Poder de Dios haciendo salir este Testamento de Nuestro encarcelamiento y de la Tierra Rusa (los bolcheviques piensan bien que yo estoy en camino de escribirlo en numerosos ejemplares y me dejan hacer en la certitud que ellos sacarán algún provecho), para ser conocido por todos los hombres de no importa que nación. Los revolucionarios y los filósofos ateos y judios se verán en la imposibilidad de negar este Milagro y Nuestra Santa Tierra Rusa renacerá de este Milagro.

Ningún Ruso honesto podrá entonces pronunciarse contra Nuestra Voluntad expresada en este Testamento, porque Nuestra Voluntad es la Voluntad de Dios.

Ningún Ruso honesto podrá no reconocer a una de las Grandes Duquesas, nuestras hijas, salvada milagrosamente, como la Heredera legítima de la Corona de los Romanof.

Ningún Ruso honesto podrá no reconocer al hijo de esta Gran Duquesa salvada Milagrosamente por la Voluntad de Dios Todopoderoso y unida por consecuencia a un Príncipe Real, como el Zarevitch Legítimo del Trono de todas las Rusias.

Nosotros confiamos entonces en todos los Rusos honestos y creyentes, muy numerosos en los campos y las ciudades de Nuestra inmensa Rusia, los cuales no aceptarán jamás los principios y las acciones criminales de los revolucionarios marxistas y judios.

¡Que Dios les proteja!.

Igualmente Nosotros confiamos en los Cristianos de todos los paises, amigos y enemigos en esta guerra, como Confiamos en todos aquellos de las otras Religiones, creyentes en Dios, en el Único Dios, Nuestro Único Juez, QUE LO VE TODO Y LO SABE TODO, y rige nuestros Destinos, confiando a cada uno de nosotros una Misión a cumplir.

Del Cielo, a donde Nosotros esperamos ir, intercederemos junto a Dios por todos los Rusos honestos y por todos los seres humanos honestos y creyentes que apoyarán Nuestra causa y Nos ayudarán a recuperar el Trono de Rusia, respetando Nuestra Voluntad y la o las Voluntades de las Grandes Duquesas, nuestras hijas, las cuales se salvarán y presentarán este Testamento con el fín de hacer valer su o sus derechos a los cuales se debe, así como aquellos del Zarevitch prometido por Dios, EL REALIZARÁ ESTE MILAGRO.

¡Que Dios proteja al Pueblo Ruso y a la Santa Tierra Rusa!

Nosotros declaramos que estando en posesión de toda Nuestra lucidez de espíritu y de razón, conscientes de Nuestra responsabilidad ante Dios y el Pueblo Ruso, libre de Nuestros movimientos en nuestra habitación, hemos podido escribir este Testamento de Nuestra propia mano, sin ninguna obligación por parte de los guardianes, en cuatro ejemplares, a fín de que cada una de las Grandes Duquesas, nuestras hijas, Olga, Tatiana, Maria y Anastasia, pueda llevar uno oculto en sus ropas, a partir del instante en que los terminamos de escribir y firmar los cuatro,

En Iekaterinenburg, el 15 de julio de 1918 (nuevo calendario), a las 8 horas de la mañana,

NICOLÁS ALEXANDROVITCH

Zar de Todas las Rusias por la Gracia de Dios

POST SCRIPTUM: Cada ejemplar lleva escrito debajo, de Nuestra mano, el nombre de aquella de las Grandes Duquesas que lo deberá llevar encima día y noche, a partir de este momento, con el fín que no haya dudas de su identidad,

TATIANA NICOLAIEVNA

romanov 1

DIARIO DE LA GRAN DUQUESA TATIANA NICOLAIEVNA ROMANOVA

octubre 13, 2009

Tanto el Diario de Tatiana como el Testamento político del Zar NIcolás II,  van incluídos en el libro autobiográfico y publicado  en francés “Operation Aliss” de Alexandre Eleazar. Dicho libro comienza con un poema  de la Gran Duquesa de Hesse-Cobourg y Emperatriz de todas las Rusias Alexandra Feodorovna, escrito a finales de marzo o primeros de abril de 1918 en la ciudad de Tobolsk:

RESURRECCIÓN

¡Mis hijas! ¡Oh! ¡Ellas que son fruto de mi amor!
El Prometido que os esposará se halla a la puerta de nuestra morada.
EL ha llegado. EL recorre las tierras que nos rodean.
¡EL es el Rey de la Gloria Eterna!

EL va llevando vuestra cruz. EL puede sostenernos a todos.
¡Preparémonos para recibirlo!
¡Lancemos lejos nuestras vestimentas mancilladas por el polvo corrosivo de aquí abajo y purifiquemos nuestras almas y nuestros cuerpos con pensamientos puros!

Que la vanidad se aleje de nosotros.
¡Todo es vanidad en este mundo!

Abrid las puertas de vuestras almas para recibir al Prometido.
¡EL os fecundará y salvará la Patria!

Los bolcheviques se baten en nuestros Palacios,
en nuestros parques, en nuestras ciudades, en nuestros campos, arrastrando sus botas punzantes en esta ciudad remota…

¡Pero no os inquieteis!
¡El Señor se halla en todas partes
y EL REALIZARÁ UN MILAGRO!

¡Este es nuestro común camino de Salvación!
en vuestro Prometido debeis confiar…
¡EL os llevará a tierras extranjeras
y permitiéndoos depositar allá el fruto de vuestra vida…
como semilla eterna de nuestra raza!

¡El camino será largo y penoso

¡Pero la que sabrá resistir se SALVARÁ!
¡El Prometido se reincorporará en el Niño
y el Niño será el hijo de nuestro Señor!
¡La Resurrección de la Muerte y la vida Eterna será la obra de este MILAGRO!

¡Gloria al Niño que vengará nuestra memoria!
¡Oremos para que nunca EL nos olvide!
¡Oremos para que EL ilumine el mundo de nuestra verdad
para que nuestros errores sean a través de EL
La VERDAD superando siempre a la de los hombres del porvenir.

¡Invocamos la ayuda de los Santos para que el Señor conserve vuestro fruto!
Los pecadores de este mundo tienen necesidad de escuchar su voz:
Nuestra plegaria…

¡Aguardad tranquilamente al Prometido de la Muerte:
EL es el Prometido de la RESURRECCION!

He aquí el relato que las monarquias y los gobiernos de Europa no han querido ver publicado, nombrando a la familia real inglesa, a la familia real danesa, a la familia real rumana, al Gran Duque Ernesto Luis de Hesse y a los gobiernos inglés y francés.
Mi madre, que fué la Gran Duquesa Tatiana Nicolaievna, no tuvo el derecho a contar el drama de su familia y el suyo propio.
Solamente sus verdugos pudieron publicar, o dejaron publicar ampliamente en todos los paises, sus estúpidas mentiras gracias a editores sin escrúpulos.
Lo que sigue, proviene sobre todo del diario que mi madre escribió en Ekaterinburgo, de las notas tomadas por la señora Escaliers en Tamaris (Toulon), que yo pude leer en marzo de 1936, en Alés, y el 1 de junio de 1970 en París. Además de las declaraciones de mi primera niñera, al realizar unas visitas muy rápidas a la casa de mi “tata”, cuando yo tenía 7 u 8 años una tarde de mayo o junio, en dia de colegio; y la última, con 13 años, otra tarde de verano….

EL DIARIO DE MI MADRE

Aquel día (martes, 16 de julio de 1918) apareció muy diferente a los anteriores, alguna cosa flotaba en el ambiente desde hacía una semana. Estabámos al corriente de la presencia de Checoslovacos muy cerca de Ekaterinburgo y Papá supo como unos amigos se encontraban apostados por los bosques de los alrededores.
El hombre de las provisiones, al traernos la comida por la mañana le dijo a Botkin que “deberíamos estar dispuestos para cualquier eventualidad; sea una evacuación, o una liberación y además muy pronto”.
Esta noticia fue bastante bien acogida por Papá, Mamá, el doctor Botkin, por Olga y por mí, reunidos en una especie de “Consejo de guerra”.
Por decisión unánime mis hermanas y yo estaríamos siempre vestidas con nuestros corpiños y cinturones cargados de joyas y de documentos, sin quitarnos la ropa ni para dormir, teniendo la posibilidad de salir rápidamente, sobre todo por la noche para, a la primera oportunidad, correr en cualquier dirección.
Por el contrario Papá, Mamá, Alexis y el doctor Botkin, viajarían juntos en el coche o el camión que les transportase hasta donde Dios quisiese.
Ese dia resultó bastante caluroso.
Después de una comida frugal, nos recogimos a nuestros cuartos para hechar la siesta, en el caso más probable de no poder dormir por la noche.
A las cinco de la tarde, tuvimos la impresión de que algo iba a pasar. Un silencio total parecía venir hasta de los suelos, llenando los pasillos.
Del exterior no se oía ni un ruido.
De pronto nos dimos cuenta que los guardias de alrededor de la casa habían desaparecido.
Hacia las siete, Yurovski y uno de sus ayudantes subieron a las habitaciones acompañados de Troup, para ordenar a Papá, que nos preparáramos, para salir de aquí de un momento a otro.
El ejército blanco se encontraba muy cerca de la ciudad, con los guardias fieles a nuestra causa ocultándose por los bosques no lejos de aquí, así que sí veían que la ciudad podía ser tomada por los checos, estábamos obligados a evacuar inmediatamente la casa en unos camiones que nos conducirían a un destino aún no decidido, por lo que era necesario estar preparados, pues el momento de venir a buscarnos podía ser a cualquier hora de la tarde, de la noche, o de la madrugada, sin tener tiempo ni para vestirnos o coger nuestros enseres. Lo mejor era pues acostarse vestidos, así que una vez nos dijeron esto se marcharon.
Después en Siria, reflexionando, comprendí la verdadera razón de los muy preparados consejos de Yurovski: él quería darnos tiempo para llevar encima nuestras joyas y esconderlas en el interior de nuestros vestidos, porque debía figurarse que Papá se quedaría escondido en la casa. De lo contrario las joyas corrían el riesgo de caer en manos de los checos o de nuestros amigos.
Y eso es lo que hicimos.
Mamá tuvo mucho cuidado en la distribución de las joyas a cada una de nosotras, aunque por otra parte todo eso estaba decidido y acordado hacía tiempo, en Tobolsk.
Inconscientemente yo fuí guiada por el Destino y designada como la capitana de éste pequeño ejército que eran mis tres hermanas y yo, debiendo tratar de huír por todos los medios.
Papá me dió un buen fajo de documentos, ordenando colocármelos en mí pecho, sobre todo al lado del corazón, por si acaso me disparaban cuando intentaba la huída.
Igualmente me fué necesario introducir algunos gruesos pergaminos entre mi camisa y la piel de mi espalda para que pudiesen atenuar el efecto de las balas.
Uno de los documentos se refería a la Herencia de Papá y a la sucesión en el Trono de Rusia junto a la prueba de mi identidad.
Curiosamente comprobé como Papá no se dirigía a mis hermanas de la misma manera que a mí, ni les confiaba ningún documento histórico, salvo que a cada una de ellas les dió un manuscrito de propia mano, firmado por él, idéntico al que recibí yo, confirmando su identidad y su voluntad referida a la herencia y a la sucesión al trono de los Romanov.
Papá me repitió una y otra vez que con estos documentos nadie osaría negar quien era y en consecuencia a mis derechos a las herencias de la Corona y a los bienes de la Zarina y el suyo.
Entonces me acordé de las palabras de Gregori: -“Será Tatiana la que dará a la Rusia del mañana su nuevo Zar”.
Mamá se ocupó de plegar éstos papeles por delante y por detrás de mi pecho. Papá me dió también su reloj de tapa y la cadena de plata, lo cogí con alfileres en mi hombro, cogiéndolo sobre mi corsé, anudándolo en un bolsillo interior cosido por Mamá, lo que hacía que el reloj se encontrara justo sobre el emplazamiento de mi corazón.
Mamá me dió su cruz de oro, regalo de Gregori Efimovitch colgándola de mi cuello con su cadena.
Mis hermanas se dieron cuenta que en éstos preparativos, yo parecía como la preferida por recibir tantas atenciones, llevar más objetos y darme más consejos y recomendaciones, aunque ellas parecían contentas de saber que quizás era la elegida por Dios.
En efecto, Papá y Mamá parecían hablarme casi como sí supieran que yo sería la única en salvarme. Una de las razones de ésta actitud se debía sin duda a mi carácter, pues yo era siempre la que más hablaba de política y de la situación militar, con Papá, Mamá y el señor Botkin.
Tomamos nuestra escasa cena sobre las ocho, para enseguida retirarnos a nuestras habitaciones con el fin de tendernos sobre las camas y hablar en voz baja, disponiendo de los elementos más necesarios al alcance de la mano.
Dejamos abiertas varias ventanas a la espera de poder escuchar a lo mejor unos tiros, siendo en ese momento cuando un perro se puso a ladrar más y más fuerte, atrayendo toda nuestra atención.
Por fin, a las diez de la noche creemos distinguir como fuertes voces de hombres. Después de un rato, una detonación sorda llegó a nuestros oídos, pareciendo que venía de bastante lejos. Papá nos dijo que podía tratarse de un cañón ligero.
Derechef, el perro recomenzó sus largos lamentos, pareciéndonos muy lúgubres, haciendo levantar las orejas de Jimmy. A veces, el perro guardaba un momento de silencio, pero volvía enseguida a la carga con sus lamentaciones penetrantes y penosas, siendo lo único que rompía el silencio que nos envolvía.
No escuchábamos ni siquiera a los guardias hablar en el patio, ni a ningún coche o camión dar la vuelta por fuera de la casa.
En comparación con otras noches anteriores, aquella nos pareció más calurosa.
En éstas condiciones nos sería imposible dormir un poco.
Cuando pensábamos que nada nuevo se produciría y que nuestra salida -si se producía- se efectuaría al amanecer, de repente mis hermanas y yo, oímos unos ruidos, voces y pasos, dándonos cuenta de donde venían. En el pasillo, el comisario hablaba con Troup y después con Papá.
Demidova no tardó en venir a nuestro cuarto con la noticia:; Saldríamos enseguida, había que levantarse, pues en un cuarto de hora vendrían a buscarnos, para inmediatamente en un camión irnos hacia otro lugar.
Según decían, los bolcheviques acababan de recibir la orden de evacuar la ciudad antes del amanecer.
Con alegria general, nos apresuramos a abandonar éste lugar que tan desagradable nos pareció desde el primer día. Aunque nuestra inquietud era lo mismo de grande, porque sí Mamá le confió al mediodía a Papá, que presentía que no seria posible pasar una noche más en ésta casa y que a partir de mañana, nuestro destino cambiaría definitivamente, no podiamos descartar en nuestro ánimo que en caso de una muerte trágica para Papá, ésta se esperaba fuera de la ciudad.
Igualmente, tratando de huír alguna de nosotras, o dos, o tres, o incluso las cuatro, heridas o lesionadas por las balas de los guardias, dejaríamos nuestros cuerpos para siempre inertes y sin vida sobre la tierra de nuestra Santa Rusia, y esto en pocos momentos.
Pero nuestros rezos a Dios imploran que una al menos pudiera encontrar la libertad, para unirse a las tropas de Kolchak y continuar así la Historia de Rusia, según la voluntad de Papá.
Nuestra confianza en Dios Todopoderoso parecía ilimitada y Mamá no paraba de decir que El se encontraría a la salida, realizando el Milagro que habíamos deseado para salvar el honor de Rusia y de los Romanov.
A pesar de la emoción sentida en esas horas cruciales de nuestro destino y cuya importancia no se escapaba a nadie, nos sentíamos valientes y decididos al sacrificio, anhelando ardientemente que una solución definitiva y clara se abriese en nuestro porvenir, pues no podíamos ya más.
Faltando un minuto para las doce menos cuarto, el comisario y su ayudante, junto con tres o cuatro guardias que me pareció no haberlos visto anteriormennte, vinieron a buscarnos. Siendo necesario bajar a una habitación sin muebles, situada en la parte de las dependencias, dando al exterior por donde vendría el camión.
Papá, Alexis, Troup, Botkin, Mamá, la Demidova, el cocinero, mis hermanas y yo, formamos la comitiva en este orden, cuando entramos en esa habitación en donde una lámpara con luz muy escasa y amarillenta, daba un poco de luminosidad, pero solo por el centro.
El comisario ordenó a los guardias coger unas cajas en donde hizo sentarse a Papá, a Alexis y a Mamá en una posición adelantada, pidiéndonos a nosotros colocarnos detras, de pié, mientras esperábamos el camión.
El hecho de quedar apretados unos con otros, casi pegados a la pared, como si nos quisieran hacer una fotografia me pareció raro, pensando que era para tenernos mejor bajo el fuego de sus fusiles con el fin de evitar, o una huida o una revuelta.
Los guardias parecían tener aún más miedo que nosotros, diciéndome a mi misma: “…¡ Banda de imbéciles… aún no es el momento de echar a correr !.
Me encontraba detrás de Papá, de Alexis y de Troup, llevando a mi perro “Jimmy” en el brazo, sobre el pecho.
El comisario mascullaba sus órdenes de permanecer tranquilos, aconsejándonos no hablar en voz alta, que pronto saldríamos al patio, pues nuestra evacuación debía hacerse en el más alto secreto. Que incluso los guardias de todos los días habían sido retirados, decía él, disponiéndose de un destacamento especial para proceder a la evacuación.
Sus palabras parecían tranquilizarnos…

Miércoles 17 de Julio. 1918 0 horas y 7 minutos.

Algunos minutos después oímos el ruido del motor de un camión. Entonces dijo el comisario: -Aquí está .
Y volviéndose a Papá le indicó: Quédense sentados sin moverse, voy a ver si está todo en orden.
Marchándose con su ayudante, saliendo poco después dos guardias mas, pero cuando parecían también querer irse los demás, vimos bruscamente como se abría la puerta, entrando hombres armados, bastantes, creo que uno por cada uno de nosotros, apuntándonos con sus fusiles y poniéndose a diparar todos al mismo tiempo,sin parar, algo que se produjo de una manera tan inesperada y tan rápida que antes de darnos cuenta de la situación verdaderamente la mayor parte de nosotros yacíamos mortalmente tendidos.
De todas maneras lo que más me impresionó fué ese grito desgarrador, tan fuerte de Mamá, después, ver a Alexis llevándose las dos manos a cada lado de su cabeza de donde le brotaba abundante sangre, cayendo hacía atrás y haciendo mover una caja que cayó sobre mi falda.
Mi cerebro registraba un espectáculo borroso, como si se tratase de un sueño extraño, sin estar segura de saber bien que es lo que pasaba a mí alrededor. Con esa luz deficiente, los brazos, tiros, gritos espantosos de mis hermanos y sin duda de la Demidova; los cuerpos que se desplomaban, los juramentos de los servidores y del cocinero, los gritos de los asesinos señalándonos… todo esto se me atropellaba y me estallaba en la cabeza, pudiendo llegar a jurar después de que nada era de verdad, que no me estaba pasando a mí, viviendo solamente una mala pesadilla de la que saldría de un momento a otro, pudiéndoselo contar muy pronto a Mamá y a mis hermanas…
Me acuerdo que me eché de rodillas para recoger al pequeño Alexis entre mis brazos -un gesto que no lo pude evitar- al mismo tiempo que Troup se colocaba delante de mí, interponiéndose frente al cuerpo de Papá, el cual también se derrumbó hacia atrás, pero dando un salto sobre uno de los guardias.
Mientras que Troup forcejeaba con dos de nuestros asesinos, recibí el golpe de un hombre que me cayó encima en el momento de coger entre mis manos la cabeza ensangrentada de Alexis, debiendo de ser éste Botkin, quien me aplastó con su peso, haciendo quedarme presa.
Fué entonces cuando sentí una bala silbar cerca de mi cuello y una cosa muy caliente en mi espalda, pareciéndome que enseguida otra bala golpeaba con violéncia en mí pecho, hechándome de golpe para atrás.
No sé bien en que momento solté a mí perro, posiblemente fué al comienzo, pues después de todas mis reconstrucciones, pienso que debió recibir las primeras balas destinadas a mí corazón, haciendo que “Jimmy” me regara con su sangre antes dejarlo caer.
Llevaba mis manos a mi blusa, a mi cuello, a mi cuerpo, como queriendo protegerme, y es en ese momento, sofocada por el pánico y el miedo, por la avalancha de cuerpos, por los gritos que llegaban todavía desde el suelo, el olor de la pólvora y ésta locura suave que emborronaba mi cerebro, que adormecía los miembros, cuando perdí la noción de los sonidos y las imágenes, anulando todo mi conocimiento sobre la desgracia que acababa de ocurrirle a mi familia, a nuestros amigos y a mi misma…
Pero, una cosa muy extraña que jamás he osado contarla, pero que por más que la pienso, parece que sí sucedió, fué que al cabo de un momento, en el mismo instante de parar los disparos, o al menos de dejar de oírlos, me pareció como si volviese un poco en mí, escuchando estas palabras:
-Estan todos muertos… ni uno solo respira…
Entonces, juraría que uno de los guardias me cogió de un brazo, con la culata del fusil me volvió la cabeza, diciendo:
-Esta también lleva lo suyo.
A lo que una voz le respondió:
-Incluso si una de las hijas todavía sobreviviese, no creo que ella pudiera salvarse en tal estado, además adonde los llevamos no van a quedar muchos Romanov!.

Según lo que sigue y la lógica, las vestiduras no fueron registrados para coger las joyas y los documentos que llevaban. La débil luz, los cuerpos cubiertos de sangre, los guardias… fueron algunas de las razones por las cuales los asesinos del Comité Regional, decidieron hacer esta faena a plena luz del día, en un lugar elegido y solamente con hombres de su confianza más absoluta. De todas maneras, los rojos no se dieron cuenta de la situación real de mi futura madre, porque ella debía encontrarse en esos momentos en estado de sincope, exactamente como me pasó a mi algunas veces. (Una parada total de los latidos del corazón durante media, una, dos horas, o más).

Cuando volví en sí, mi primera impresión fué una especie de frescor recorriéndome el cuello y la cara.
Enseguida, pero sin moverme, ni comprender todavia nada, escuché un fuerte ronroneo en el mismo momento de sentirme agitada por sacudidas sucesivas. Después me pareció que más abajo, algunas cosas blandas estaban amontonadas.
Traté de liberar uno de mis brazos atrapado entre los cuerpos, pero un insoportable hormigueo lo hacía inútil.
Hasta que al cabo de algunos minutos empecé a darme cuenta de la horrible tragedia, teniendo que gritar de dolor.
Me daba cuenta que estaba en un camión en marcha, cubierta de sangre por la cara, los brazos, mis ropas, pues pasándome la mano, la misma viscosidad aparecía por todo. Además, un extraño olor planeaba entre mis mejillas, mientras que mis labios y mi boca estaban completamente secas, conservando un gusto áspero.
Experimentaba la sensación de encontrarme aplastada debajo de los míos, con una confusión de miembros y cabezas tal, que no encontraba manera de poder reconocerlos, uno a uno entre toda aquella masa sanguinolenta.
En ese momento comprendí aún mejor mí situación tan extrema, acordándome de los consejos de Papá y Mamá:
-Si te echan debajo y te creen muerta, pero te das cuenta de tu estado, de que estás viva, en el momento de que no te presten atención, o cuando te conduzcan en un camión hacía un cementerio o una fosa, salta a tierra y huye a través del bosque a toda prisa, sin volver la cabeza atrás, sin pararte, hasta que caigas desvanecida sí hace falta, pues Dios te dará la fuerza necesaria para llevarte a un lugar seguro.
Me levanté de repente, apoyándome sobre esos cuerpos tan amados. Por última vez traté de palpar a éstos que fueron mis seres queridos, por si había otro en mi misma situación, e incluso les grité suavemente, aprovechando que el ruido del camión atenuaba mi voz, pero debí renunciar, pues desgraciadamente ninguno de ellos daba signos de vida. Este amasijo de carnes ensangrentadas entre los que me encontraba todavía, representaba toda mi familia y mis verdaderos amigos.
Mis pensamientos y mis juicios acababan bruscamente de afirmarse en lo referido al pueblo ignorante, estúpido y sediento de sangre de los verdaderos creyentes en Dios.
Incluso ésta tragedia parecia provenir de otra dimensión, situándome en el límite mismo de la realidad y la irrealidad.

Llegando a la rápida conclusión de haber sido la única Elegida por Dios Todopoderoso para salvarme de ésta horrible masacre, con el fin de permitirme realizar la Obra Santa prevista por EL.
Mi deber sería por consiguiente huír inmediatamente de éste camión.
Dios me perdonaría si no me quedaba más aquí con los restos mortales de mis padres, hermano, hermanas y amigos.
Las últimas palabras de Mamá me zumbaban en los oidos:
-La que se dé cuenta de ser la Elegida por Dios, tendrá la suerte de escapar. No deberá volver la cabeza atrás para tratar de socorrer a sus hermanos heridos o agonizantes, PUES LA QUE CAIGA SOBRE EL SUELO DE LA SANTA RUSIA, MORIRA MARTIR, PERO LA QUE SEPA CORRER MAS DEPRISA, ESCONDERSE Y SALVARSE DE UNA MANERA U OTRA, PODRA UN DIA CONTAR AL MUNDO NUESTRA TRAGEDIA Y VENGARNOS.
Entonces me precipité a la parte de atrás del camión de donde colgaba un toldo de tela, que levanté, contemplando el cielo estrellado y el camino que seguíamos.
Ningún faro de coche aparecía por ésta parte. Así que me pareció que la cosa sería bastante fácil, y que incluso si hiciese un poco de ruido al saltar, el motor lo encubriría. Pensé durante algunos segundos que en caso de hacerme mal al caer, nadie en el mundo impediría separarme de este maldito camión. Estando segura de oír entonces las voces de los míos que me gritaban:
-¡Deprisa!. ¡No te quedes más aqui, salta y corre rápidamente al bosque!… Por nosotros no te preocupes, pues iremos al cielo enseguida. Nuestros sufrimientos han acabado, y es a tí a quien le toca luchar ahora!.
Así que no esperé más; recogiéndome la falda, franqueé la barandilla agarrándome a una cuerda enrollada a un gancho. Me dejaría deslizar y poner los pies sobre los travesaños y enseguida saltaría al camino de una vez.
No obstante sucedió que hice contacto demasiado violentamente con el suelo sin soltar la cuerda, siendo arrastrada unos metros.
Apenas sentí dolor, a pesar del roce violento de mis rodillas con la tierrra.
Levantándome pronto, me puse a observar el horizonte, dándome cuenta del sentido de la marcha del camión y de que a mi derecha unos árboles parecían formar un bosque, por tanto, me dirigí en ésta dirección, corriendo con todas las fuerzas de mis piernas para tratar de alejarme lo más posible del camino, el cual parecía continuar bastante lejos entre la noche.
A golpes de tijeras, la vispera, Mamá abrió mi falda y mi camisa así que no me quedaba más que tirar de los botones y los broches.
Entre las instrucciones de Papá, había recibido un croquis, o plano de éstos lugares, hecho por él mismo, que pensaba consultar con las primeras luces del día. Por otra parte, todas mis hermanas poseían uno parecido, sin indicar ninguna la dirección a tomar, en caso de que uno de éstos planos cayera en poder del enemigo.
De todas maneras me acordaba bien de la indicación de un bosque por éstos parajes, pero antes de entrar del todo entre los árboles, me fué imposible evitar lanzar una última mirada hacia el camino, comprobando cómo se trataban de dos camiones, o quizás, y seguramente, un coche y un camión, llegando a tal conclusión debido a los faros. El camión seguía al coche muy cerca, con el error de los bolcheviques de dejar rodar al camión detrás del coche, donde los jefes asesinos debían estar, razón por la cual no pudieron darse cuenta de la huída de una de sus víctimas.
Con la emoción resecando mi garganta, contemplé esa parte de la noche siguiendo los últimos faros, mandando señales de la cruz hacía éstos seres queridos que llevaba el camión, sin olvidar ni una sola persona de éste fúnebre convoy.
No podía llorar, y sin duda, ninguna lágrima correría ya más por mis mejillas, porque los lloros no están hechos para acontecimientos tan trágicos como los sucedidos a mí familia, a mis amigos y a mí, en ésa noche tan desgraciada para la Santa Rusia.
¡El dolor tiene un límite establecido, según la capacidad de endurecimiento del ser humano!. Pero mas allá, sirve como un estimulante capaz de dirigir a los hombres y a las mujeres hacía Dios.
Lancé muchos besos en dirección a los míos, desapareciendo finalmente en la oscuridad.
Levantando mis ojos hacía el Cielo, caí de rodillas con las manos juntas, pronunciando éstas palabras:
-¡Dios mio! Gracias por haberme salvado. Devolveré un Zarevich a Rusia. Vengaré a Alexis y a Papá… Te lo prometo… ¡Oh, Dios mío!.

LOS QUE ME AYUDEN EN ESTA TAREA, LOS QUE AYUDEN AL ZAREVICH, ELEGIDO POR DIOS, SERAN PERDONADOS SOBREVIVIENDO AL ULTIMO JUICIO. LOS OTROS, LOS ENEMIGOS DE TODAS PARTES, LOS QUE VUELVAN LAS ESPALDAS AL HIJO HEREDERO DE LA SANTA RUSIA, QUE NO LO ESCUCHEN Y NO CREAN EN EL, QUE SEAN BARRIDOS DE ESTE MUNDO, ELLOS, SUS FAMILIAS Y SUS RAZAS, HASTA EL FIN DE LOS TIEMPOS.

Esto es lo que pedí a Dios Omnipotente en ese momento preciso del Milagro realizado en mí persona. Por lo que sin duda alguna, San Gregorio suplicará sin parar al Señor de los Cielos, que lo conceda.
Levantándome de golpe para no perder más tiempo y a pesar del hormigueo que ahora me envolvía el cuerpo, hice esfuerzos sobrehumanos para continuar mi carrera, internándome profundamente en el bosque. No sintiendo ningún dolor, ni debilidad, pareciéndome incluso que no había sucedido nada. Saltando las matas sin caerme ni una sola vez.
No sé cuanto tiempo fuí así, sin parar, sin descansar, tropezando algunas veces, pero continuando la misma marcha, como si me encontrase borracha, o me hubiera vuelto loca, mientras una dulce música parecía acompañarme.
Cada vez que la noche se hacía mas densa, algunas oscuridades se iluminaban, para permitirme correr más deprisa, sin tropezar. Incluso los troncos de unos árboles me mostraban unos circulos de color blanquecino, sin duda para impedir irme cotra ellos.
Estas claridades me asombraban, pero era preferible no frenar mí velocidad, ni intentar comprender a qué se debia esto. Encima, cuando me alejaba de la buena dirección, todo se volvía oscuro, y las visiones blancuzcas de los troncos desaparecían, así que cuando de forma más cuidadosa, volvía a coger mi carrera hacía la Ultima Voluntad de Dios, las negruras se aclaraban de nuevo.
No obstante al frescor del aire, una gran fatiga me venció definitivamente. No tardando en caer extenuada al suelo, arrastrándome y recogiéndome en una cavidad de ese viejo bosque para esconderme.
No me moví ya más, mientras una pesada torpeza inmovilizaba todos mis sentidos.
Dios me había arrebatado de los bolcheviques.
Dios sabía lo que hacía.
Y yo volvía hacía EL.
EL SERVIDOR DE DIOS ERA MUSULMAN

Debí quedar así durante un tiempo, una hora o más. Debiendo despertar pronto por la persistente frescura de la mañana y por los ruidos de los cascos de un caballo que parecía caracolear de un lado a otro, alejándose y acercándose.
Me levanté dándome cuenta que era de día y que delante del bosque se extendía una hermosa zona de terreno ya sin árboles.
De pronto, esos ruídos se aproximaron rápidamente.
Con un miedo instintivo, intenté internarme en el sotobosque, pero sin duda el caballista me vió, pues el caballo corrió en mi dirección, rodeándome y parándose cerca de mí.
Estaba horrorizada; apenas me tenía en pié, pensando en la posibilidad de caer en manos de los bolcheviques, lo que después de haber escapado a tal masacre, me parecía un destino de lo más trágico e irónico.
Escuché una voz, pero al no poder avanzar más, volví la cabeza. Un oficial a caballo, como los de la Guardia de Papá, me miraba fijamente. Me pregunta:
-¿Quién eres tú?
Pero al no responderle y ponerme a temblar por todo el cuerpo debido al miedo y a la fiebre, el oficial salta de su montura y me dice:
-Estás llena de sangre… ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Te han hecho ésto los rojos?.
Yo le hice un “si” con la cabeza, pues ni una sola palabra podía salir de mi boca por más que me esforzaba, sintiendo además cómo mis piernas iban a fallarme de un momento a otro. Finalmente, a pesar de la emoción que ahogaba mi garganta, puedo articular con dificultad ésta pregunta de forma insistente, siendo muy importante para mi obtener enseguida una respuesta:
-¿Eres un rojo? ¿Eres rojo?.
-¡No!… ¡Que Alá me libre de su roce!… Prefiero morir antes que mancharme con su presencia. Soy oficial de la Guardia Imperial, de la Guardia Musulmana del Zar Nicolas II… que para mi será siempre mi Zar. Alá me envía para ayudar a él y a su familia. ¿Vienes de Ekaterinburgo?
El oficial se acerca y comprobando mi lamentable estado intenta sostenerme por el brazo, insistiendo:
-¿Quién eres? ¿Estabas con la familia del Zar?. Si sabes alguna cosa del Zar responde… pero ¡rápido!.
Intento mirar su cara, pero no puedo distinguirla entre mis mechones de cabellos unidos por la sangre coagulada y por el velo húmedo de mis párpados…
M e mordía yo misma fuertemente mis labios, siendo lo último que recuerdo antes de perder de nuevo el conocimiento, pues a pesar de todos mis esfuerzos desfallecí completamente, dando una vuelta sobre mi misma, cayendo al suelo.
Cuando empecé a volver un poco en mí, descubrí al principio la cara del oficial que no me quitaba sus ojos de encima, mientras una sensación refrescante llenaba mi frente, pues intentaba hacerme beber un poco de leche fresca, lo que me reanimó un poco.
Lentamente volví en mí, comenzando a explicarle que el resto de la familia Imperial habían sido exterminados en Ekaterinburgo, pero que yo, la segunda hija del Zar, Tatiana Nicolaievna, resultaba ser la única superviviente.
Entonces el oficial se levantó observándome fijamente sin decir nada, gritándome después de unos instantes.
-¡Es imposible! ¡Imposible!. ¡Vamos a entrar en Ekaterinburgo con toda seguridad mañana mismo!.
De improviso, las recomendaciones de Papá, me vinieron a la mente: no debía mostrar ningún papel o las joyas a nadie sin tener una total confianza. No obstante, busqué en el bolsillo interior de mi camisa ese extenso documento que probaba precisamente que yo era la Gran Duquesa Tatiana Nicolaevna con la firma de Papá, seguido de su título de Zar. Se lo muestro y como él deseaba leerlo todo, le hago fijarse en ese párrafo que aseguraba la identidad de la portadora.
Además, tuve la idea de enseñarle el espléndido reloj de plata de Papá, donde los dos vimos que había recibido un impacto una bala de lleno en su caja. Pudiendo comprobar al abrirlo, la hora exacta en que se pararon sus agujas, lo que es decir, la hora fatal de la ejecución, las 12 y 7 minutos.

(Este reloj, más tarde, será entregado y manipulado por unos cuantos relojeros de España y de Francia, no siendo capaces ninguno de volverlo a poner en marcha, ni lograr que sus agujas diesen la vuelta al cuadrante.
Paradas como estaban a las 12 y 7, nadis pudo hacerlas avanzar un sólo minuto).

Fué cuando a ese oficial, poniéndose firme delante de mí, le escuché pronunciar éstas palabras:
-Alteza Imperial Tatiana Nicolaievna, estoy a sus órdenes, como estuve a las de su Augusto Padre, Su alteza Imperial Nicolas II, que Alá tenga su alma en la Gloria Eterna. Podéis confiar en mí… mí vida os pertenece desde éste instante. Si no puedo morir por mi Zar, intentaré morir por su hija. Alá me envía para ayudaros. Ya hace dias que escuchaba unas voces que me parecían muy extrañas, con unos sueños que obsesionaban las noches pasadas cerca de aquí. Sueños que me decían que encontraria a una de sus hijas, para conducirla hacía el Sur, a un país musulmán, para hacerse Reina de uno de esos Reinos. Lo que quiero decir es que la voluntad de Alá se lleve a cabo. Días y noches, con mis compañeros, he acampado por los bosques de alrededor con la esperanza de salvar a vuestra familia. Nosotros los musulmanes somos fieles a los juramentos de fidelidad. Pertenecemos a la caballería musulmana, somos los Tekintzi y Su Alteza puede contar con nosotros, aunque será necesario salir enseguida, sin más pérdida de tiempo.
Monté entonces en su caballo con muchas dificultades, pues todos los huesos me hacían daño.
Dos hombres pueden emplear la misma montura, así que emprendimos una rápida carrera.
El Tekintzi decía que ya podían buscarme ahora, pues en tal caso los estrujaria.
Que en cualquier caso, en una hora o dos estaríamos muy lejos. Que los rojos no tendrían el coraje de entrar en esos bosques que se extendían delante de nosotros, pues ya conocían la preséncia por éstos lugares de musulmanes, sabiendo muy bien que en caso de meterse por aquí se arriesgaban a que les cortasen el cuello.
Por el camino, el oficial me confiesa su asombro por haber recorrido tanta distáncia desde Ekaterinburgo, ya que aunque el camión debió alejarse bastante, tal ciudad se encuentra al menos a una media jornada de marcha desde el lugar donde me encontró.
Galopamos durante unas tres horas.
A veces, me echaba sobre el caballo.
Hasta que me dí cuenta que llegamos a una especie de campamento compuesto por unos veinte hombres, todos musulmanes, que por allí vivaqueaban.
El oficial me pide permiso para ayudarme a descender del caballo, invitándome enseguida a refugiarme en una de las tiendas, a la que cambían las mantas.
Enseguida me sirven un té, no tardando en traerme una palangana llena de agua caliente, a fin de lavar la sangre de mi rostro, de mis cabellos, brazos y piernas… de una sangre tan querida por mí, que hubiera querido conservar.
Ya no podía más con mis fuerzas -tenía que aceptarlo- así que les pedí que me dejaran lo más pronto posible sola, para acostarme y reflexionar sobre los trágicos sucesos vividos en la víspera, imposibles de suponerlos unos años antes.
Insistí todavía, preguntando si el lugar donde estábamos era seguro del todo para no caer en manos de los rojos, ya que antes que tal desgracia sucediese sería capaz de seguir mi camino a gatas.
El valiente Tekintzi me aseguró que, sobre eso podía dormir del todo tranquila, ya que, aún suponiendo que alguna partida de rojos aparecieran, ellos darían sus vidas antes que uno solo se acercase al campamento.
Además, los bolcheviques se encontraban muy lejos, huyendo al oeste como verdaderos conejos, sin buscar precisamente por aquí. De todas maneras, montarían guardia por los alrededores a distancias prudenciales.
Después supe que él mismo mandó a varios hombres a patrullar lejos del campamento, por la misma dirección de donde vinimos, para comprobar si los rojos intentaban aventurarse detrás de mi pista. Volviendo a la caída de la tarde sin ver nada sospechoso.
Ya acostada, me vino de pronto una fiebre muy alta que se me fué poco a poco apoderando. En la oscuridad no sabía lo que hacía, sin parar de gritar de terror, levantándome del lecho… poniéndome a llamar a mi familia
El oficial y los demás hombres del campamento que estaban cerca de la tienda, al parecer no pudieron dormir esa noche. Dudando algunas veces de ofrecerme socorro. Me recostaron, cubriendo mi frente, las muñecas y los tobillos con unos paños empapados con agua fría.
Pasando unas pesadillas terribles, con la temperatura sin bajar un solo grado.
Finalmente me hicieron oler unas plantas medicinales, obligándome a tomar unos brebajes conocidos por los musulmanes rusos, muy efectivos para estos casos.
Al dia siguiente, con el sol ya alto, pero aun extenuada por semejantes visiones terroríficas, mi fiebre bajó un poco, lo que me permitió dejarme caer por fin sobre mi lecho sin agitaciones, cogiendo el sueño, pero aun con sobresaltos.
Los Tekintzi -que gracias a mi delirio no dudaron más de mi identidad- decidieron que no podía quedarme en este lugar por mas tiempo, además solamente al cuidado de hombres. Así que a pesar de mi estado, decidieron, o conducirme a una isba de campesinos, o bien salir inmediatamente a buscar ayuda.
Después de pensárselo entre ellos, convinieron en irnos a la mayor rapidez hacia el rio Tobol, ya que por allí conocían a unas gentes muy amables que nos ayudarían. Mientras otros de la guardia, marcharían inmediatamente a caballo en dirección a Omsk, con objeto de advertir de todo esto a las autoridades rusas, si era posible al mismo general Kolchak. (Un almirante que ahora cumplía funciones de general).
Estos fieles musulmanes me prepararon la montura más resistente, de manera que me sirviera incluso como cama.
Partiendo enseguida.
Antes, me esforcé en comer algunos pasteles ofrecidos por los Tekintzi, bebiendo varias tazas de té bien caliente.
Acostada sobre pieles y mantas, ya sin mis botas manchadas de sangre, con las sacudidas del caballo, los recuerdos de mi pasado en Tsarkoie-selo comenzaron a desdibujarse, por lo que efectué el viaje completamente aturdida, sin darme cuenta casi de nada de la situación. Durante toda la mañana volvieron esas malas fiebres, teniendo los valientes musulmanes que parar alguna vez por obligación, pues nuestra marcha era demasiado rápida.
Después de comprobar mi resisténcia, -que parecía igual, tanto si cabalgábamos a buen ritmo, como si parábamos- emprendimos una carrera tan enloquecida como al principio.

Al atardecer, mientras los hombres instalaban un nuevo campamento, me sentí muy mal otra vez, pasando la noche con unos violentos dolores de cabeza que parecían taladrarla. Mientras que por las horribles pesadillas, estuve gritando con todas mis fuerzas, presa del pánico.
Los musulmanes pusieron todo su interés en tranquilizarme. Y cuando me calmé, algunos se pusieron a llorar al ver mi lamentable estado, poniéndose todos juntos de rodillas, desgranando con fervor sus oraciones.
Siendo víctima de varias alucinaciones, yéndome hasta la puerta de la tienda, haciendo como si señalase con el dedo a los asesinos de mi familia, vociferando a gritos mi protesta por su política de tan sucios y bajos instintos, su falta de sangre noble, sus vicios, su conducta anti-Dios y su odio hacia toda la humanidad.
Llevaba una herida en la parte izquierda de la espalda que me hacía sufrir mucho, así que el oficial no tuvo más remedio que vendármela, a pesar de unas primeras vacilaciones por el respeto hacía mi persona.
Al dia siguiente, al poco de bajarme la fiebre, los hombres me subieron de nuevo al caballo, continuando nuestro camino al galope.
Iba en un estado semi insconciente, atada con correas – comos si fuera un “salchichón” – con los musulmanes deseando poner término a esta situación, tan intolerable para nuestra Santa Tierra rusa.
Pareciéndome la de este día una etapa más larga y penosa, al no poder realizar ni una sola parada para repostar y tomar un té caliente.
Con la noche cerrada, el oficial decidió acampar, preparando por primera vez un fuego de campamento con malezas y ramas secas de los arbustos.
Les hice compañía durante el rato que estuvieron calentando el té. Debiéndonos conformarnos con una crepe y un poco de miel, como la cena de esa noche.
Al dormir, la fiebre volvió a visitarme aunque esta vez con menos violencia. Pero en cambio, mi herida me hizo más mal que los días anteriores, teniendo grandes dificultades para cerrar los ojos por algunos instantes, así que con la aparición de los primeros rayos de sol, no tardé en dormirme sobre el caballo.
Acabó muy tarde esa etapa, pues era de noche desde hacía horas.
Entonces el oficial me señaló con el dedo algo que parecía brillar en movimiento: el rio Tobol.
A pesar de mi enorme fatiga, -ya que después de la parada del mediodía, tuve que cabalgar sentada sobre la silla- experimenté por primera vez desde Ekaterinburgo un gran alivio a todas mis desgracias. Pudiendo constatar cómo al final había sido hermoso y habia estado muy bien salvarme de las manos de los asesinos rojos, para poder cumplir los deseos de Papá y de Mamá… Con tales reflexiones cabalgé a lo largo del río, con el fin de llegar al sitio prometido por el oficial quien al parecer conocía éstos lugares.
No obstante, tuvieron que parar algunas veces, dudando, pues no sabían si habíamos llegado al río, demasiado abajo o demasiado arriba, al ser la oscuridad muy densa por estos parajes. Hasta que al fin se pudieron dar cuenta, pero no siendo ésto hasta el nacimiento del nuevo dia, cuando una isba se ofreció a nuestros ojos.
Allí solo nos recibieron una pareja de ancianos ya que sus hijos habian huído hacía meses. Dormimos sobre unos colchones rellenos de hojas secas y abrigados por unas gruesas mantas de lana confeccionadas por esas gentes.
Por ésta vez no me desperté a causa de la fiebre.

Domingo 21 de julio 1918 (Nuevo calendario)

Me levanté hacia las doce, comprobando la maravillosa vista que se divisaba desde éste sitio, con un soberbio sol reinando como dueño absoluto del bosque, sobre el agua del río y los campos de girasoles.
Me quedé en esa isba, alrededor de un mes, estando entre la vida y la muerte, pues mí herida en la espalda se infectó, ya que la bala la había atravesado de parte a parte.
Mi desesperación -tan grande en algunos momentos- comprobé como descendía, en la misión de no poder hacer nada por la causa de nuestra Santa Rusia.
Los ancianos me cuidaron muy bien.
El oficial envió a Omsk, como lo prometió, a casi la mitad de sus hombres, con la firme intención de ver al general Kolchak para hacerle ver la tragedia de nuestra familia y mi situación.
El oficial pensó en ir él mismo, pero en el último momento se hechó atrás, prefiriendo quedarse cerca de mí, teniendo que decir aquí que yo misma se lo supliqué, ya que sin su preséncia no me sentía para nada segura.

Hacia el 1 al 3 de agosto de 1918

Solo un hombre volvió con noticias: cuando ellos llegaron, el general Kolchak no estaba en Omsk, siendo enseguida todos movilizados y enviados por la fuerza hacía una unidad de combate.
Sin querer escucharles una sola palabra, amenazaron con fusilarlos por desertores y por propagar falsas noticias, en el sentido de que la familia Imperial habia sido asesinada.
Los oficiales de Kolchak afirmaron que habia que combatir cualquier chisme o insulto sembrado por los rojos en su huida, con la única intención de hacer perder toda esperanza a los monárquicos.
El hombre nos explicó que desertó de allí, con el consentimiento y el consejo de sus compañeros, a fin de informar de todo ésto al oficial Tekintzi.
Este, poniéndose furioso, ordenó a sus hombres quedarse cerca de mí, vigilar bien los alrededores, y huir hacia el Sur si se veía alguna cosa sospechosa. Volviéndose a Ekaterinburgo, haciendo el mismo camino recorrido en dias pasados en sentido contrario. Con él se marchó solo un hombre.

Hacia el 15 de agosto de 1918

El oficial Tekintzi con muchas precauciones llegó a hablar con el juez encargado del asunto del asesinato de la familia Imperial, el cual le aseguró que, tal como estaban las cosas, él no tenía pruebas sobre la desaparición de la totalidad de la familia Imperial. Asi que había muchas probabilidades de que esa pretendida “Gran Duquesa Tatiana”, no fuese más que una mentirosa, o una loca, o una ladrona. O que en el mejor de los casos, fuese una de las sirvientas o enfermeras, unida a la familia Imperial, pudiendo salir de Ekaterinburgo en los últimos momentos.
Insistiendo el juez sobre éstos hechos: Los supuestos argumentos de tal joven, contados así por el oficial, parecían desprovistos de todo fundamento, siendo muy exagerados. No pudiendo creer, -sin pruebas fehacientes- que los bolcheviques hayan sido capaces de cometer semejante crimen, al no tener interés ni los rojos, ni la revolución, en matar, por ejemplo a la Zarina, siendo de origen alemán, algo que sin dudar provocaría graves dificultades al gobierno bolchevique… O que el asesinato inútil de las Grandes Duquesas, provocaría inmediatamente la repulsión de la familia real inglesa, o de la danesa, y de toda la opinión pública mundial, lo que por tanto sería una acción que favorecería la intervención de los aliados, sosteniendo de paso la causa de los generales zaristas.
El juez le explicó al oficial musulmán, ya con muchas prisas por abandonar esa maldita ciudad, que una tal “Tatiana”, hija del doctor Botkin, vivió en Ekaterinburgo durante la estancia de la familia Imperial, pero que de ningún modo podía ser confundida con la Gran Duquesa.
El oficial Tekintzi, nervioso, contrariado, no dudando nunca de mi identidad, y ya cansado de los estúpidos argumentos del juez, de su mal recibimiento y de su peor trato, le declara al final, haber visto unos documentos y sobre todo, un escrito del Zar probando absolutamente que ésta Tatiana, conducida por él hasta las orillas del río Tobol, era realmente la Gran Duquesa Tatiana Nicolaievna.
El juez le empezó entonces a hacer preguntas al oficial como si se tratase de un ladrón de caballos. Pero el valiente Tekintzi insistió una y otra vez: “…Que ésta Tatiana lleva unos documetos que aseguran su identidad. Que cuando la encontró caminaba en dirección al río Tobol, siempre pretendiendo llegar a Omsk, para ver al general Kolchak. Que hasta ese momento no sabía nada sobre el asesinato de la familia Imperial, pues la primera noticia de esa horrible masacre, se lo dijo precisamente ésta joven. Y que además, las noches de pesadilla y de fiebres que pasó, le confirmaron su identidad verdadera. Asegurando al recalcitrante juez, que no hizo mas que llamar a su Padre, a su Madre y a sus hermanos por sus nombres. Que nadie en tal estado se pone a decir mentiras. Comprobando sus compañeros y él mismo como la fiebre era absolutamente real. Y que por si aun tenía dudas, numerosos detalles conocidos hasta aquí, coincidían con las explicaciones de esa señorita que él habia recogido en el bosque, por lo que iba a realizar todos los pasos necesarios, con la intención de ayudar sin tardanza a ésta Gran Duquesa salvada milagrosamente, que ahora se recuperaba de sus heridas a orillas del río Tobol. Haciendo todo ésto por ella, por su devoción al Zar, por Rusia y por el honor a la verdad sobre lo que realmente ocurrió en la “Casa Ipatiev”.
El juez no parecía comprender que beneficios podría aportar a los blancos, la “Salvación” de una de las Grandes Duquesas. Y aún declarándose ferviente enemigo de los rojos, parecía dudar sobre la utilidad de un miembro de la familia Imperial, en el intento de salvar la situación en Rusia.
Como se quedó pensando y reflexionando sobre la actitud a tomar de cara al oficial musulmán, aprovechó para irse, asegurando antes al juez que “mañana mismo se incorporaría al frente”.
Esa misma noche, a escondidas con su ayudante, huyeron hacía los mismos bosques recorridos no hacía mucho, dirigiéndose a galope hacia la isba donde se les esperaba con impaciencia…
Conforme contaba todo ésto, me quedé consternada.
El Tekintzi hizo muy bien en abandonar rápidamente ésta ciudad, pues corría un gran riesgo de ser arrestado al dia siguiente, para ser fusilado y así cerrarle la boca para siempre.
El oficial y sus compañeros, contrariados por el giro que tomaban los acontecimientos, se reunieron para hablar en mí presencia. Siendo la decisión unánime: al contarle al juez que estaba convaleciente en una isba cerca de una ciudad por el río Tobol, no se podía perder ni un instante: Hacía falta dirigirse hacia el Sur a toda la velocidad que pudiesen aguantar las patas de los caballos, evitando todo contacto con las autoridades de las ciudades y con cualquier militar.
Quizás lo mejor hubiera sido llegar a Crimea donde se encontraba mi abuela, pero según iban las cosas, el oficial Tekintzi me aconsejó que, vistos mis documentos, abandonara Rusia, acompáñandome solo él, ya que despues de lo visto en Omsk y en Ekaterinburgo, no les quedaba la mas minima intención de servir en ese nuevo ejercito blanco que parecían formar un conjunto de altos oficiales y subordinados, todos unos oportunistas, deseosos de repartirse el pastel de la inmensa Rusia, pero para nada queriendo restablecer a los Zares.
Por tanto, iriamos a sus tierras natales, para enseguida pasar a los paises árabes del exterior, para que una vez en el extranjero, reconocida como la Gran Duquesa Tatiana Nicolaievna, reunirnos en Crimea.
Siendo entonces el buen momento para entrar a mi servicio, con el objetivo de ayudar a exterminar a toda la morralla roja de la Tierra Rusa, a los aprovechados, y a los traidores.
Conviene que, en efecto, éste reconocimiento internacional hacia mi persona, coincida con los deseos de Papá, siendo lo que mas urgía conseguir.
Con esta idea fija en mi cabeza, nos dirigimos sobre nuestras monturas en dirección al Sur.

Finales de agosto de 1918

Llegué a Taschkent acompañada de los guardias musulmanes, dudando allí de desprenderme de dos de las pequeñas piedras preciosas que llevaba camufladas recubiertas de tela, a manera de botones sobre mi blusa, la falda y las mangas. El oficial se encargaría de las transacciones.
En esta ciudad pagué a los hombres que me acompañaban, quienes después de pensarlo muy bien, se separaron, volviendo a sus casas, mientras el oficial aceptó quedarse conmigo, al menos durante el trayecto que hiciese por territorio Ruso.
Salimos enseguida hacia Kabul.
Pero al pasar por un pueblo, en el momento de comprar una caballeria nueva, se produjo un desgraciado incidente: el oficial es arrestado, resistiéndose a balazos.
Al principio no comprendí porque sucedió todo ésto, pero después por los comentarios de quienes lo vieron, supe que mi protector lo hizo por salvarme de un gran peligro, pues unos ladrones de caminos tenían intención de jugármela.
El oficial Tekintzi mató al jefe , así que durante esos instantes se olvidaron de mí, pudiéndo perderme de su vista, aprovechando para esconderme por detrás del montón de los curiosos.
Pero esos ladrones parecían ser muchos.
Uno de ellos hizo un gesto en dirección a mi montura dejada al lado de un muro; entonces, tres de ellos registraron la alforja de cuero suspendida de la silla. Mientras que otros se ponen a chillar y atropellar a las mujeres y los niños, aunque no dándose cuenta de donde estaba.
Muy pronto el oficial es conducido ante una especie de consejo de guerra, siendo inmediatamente fusilado.
Desde los primeros momentos de todo ésto, yo muy nerviosa, pretendí intervenir entregado mis joyas, pero unos ancianos me aconsejaron no hacer nada, escondiéndome entre unos fardos negros que olían muy mal.
A ningún precio podian caer mis documentos entre manos criminales.
Segun decían los viajeros, el jefe de éstos ladrones pasaba por ser un rufián, jactándose de violar a cantidad de mujeres refugiadas, después de vaciadas sus bolsas y de desnudarlas para buscar sus joyas; para enseguida -después de divertirse con ellas- estrangularlas o dejarlas a sus hombres, quienes se aprovechaban aún más de estas desgraciadas.
Por eso, la población estuvo contenta de su muerte, considerando al oficial Tekintzi como valiente y un héroe. No pudiendo impedir que yo llorase la pérdida de tan leal y honesto servidor .
Gracias a los viejos y a algunas mujeres que temblaban como hojas de abedul, pude cubrir mi cabeza y las espaldas con un gran pañuelo oscuro, abandonando en compañia de unas gentes de la caravana, estos lugares demasiado peligrosos para mí.
Me daba cuenta que por primera vez caminaba en medio del pueblo, vestida a la manera de las mujeres de la región, aunque todavia debía mantenerme callada lo más posible, siempre pasando por la más humilde de entre ellas, para lo cual me procuré ropas y sandalias algo más cómodas.

Fin de septiembre de 1918 (?)

Al fin salí de nuestra Santa Tierra Rusa, un día, a la caida del sol, entrando en Kabul.
A lo largo del camino fuí cogiendo algunas palabras en el idioma de estas extrañas tierras.
Para llegar a Kabul, tuve que recorrer muchas verstas, a veces a pie y a veces a lomos de una mula comprada por mí, a instancias de un anciano, pues aunque esa caravana llevaba algunas bestias de tiro para llevar a su familia, eran insuficientes para todas las mujeres y los niños.
Frecuentemente tuve que prestar mi montura a las mujeres más fatigadas. Llegó un día que dejé éste modo de locomoción, siendo incapaz de reconocer, si era mas fatigoso ir a pie o cabalgar a lomos de la mula.
De vez en cuando, en las paradas necesarias, continuaba cambiando anillos y otras piezas pequeñas por dinero local, o por la comida que ofrecían a la caravana.
En el mismo Taschkent, nada más llegar, pude cambiar unos de mis diamantes, por anillos de oro y unos collares de plata, a fin de facilitarme las próximas operaciones, siendo ese el momento cuando los comerciantes nos denunciaron a esa banda de ladrones.
Me mostré generosa con el anciano y su numerosa familia, pues fueron muy buenos conmigo, ya que en ningún momento me hicieron preguntas, ni hicieron comentarios sobre mí conducta y maneras. Disimulando ellos no suponer mis orígenes, sobre todo a las horas de la comida, algo que parecía evidente.
Igualmente me ayudaron a pasar los numerosos controles, sobre todo de ladrones, que tanto pululaban a lo largo del camino.
Pude pasear ya por las calles de Kabul como cualquier mujer del pueblo, pues mis humildes ropas no llamaban para nada la atención.
Compraba mis alimentos en los bazares, comiendo a la sombra de los árboles, mientras que de noche dormía en una casa de unas gentes conocidas del anciano.

Fin de octubre y primera quincena de noviembre de 1918

Finalmente conseguí viajar hasta Cachemira, la capital de Rawalpindi.
Marché a veces a pié y a veces a lomos de mulas. y en los últimos tramos sobre un viejo caballo, obtenido con el cambio de un anillo de novia.
Papá y mamá me recomendaban siempre dirigirme a personas religiosas importantes que tuviesen fama de hombres buenos, íntegros y piadosos. El oficial Tekintzi me aconsejó la misma cosa, hablándome del jefe espiritual de los musulmanes de ésta ciudad, como una persona que reunía todas essas condiciones deseadas.
Siendo indudable que lo encontré.
Alguien que me recibió muy bien, con mucho respeto y sin vacilar por un momento que yo fuera de una noble familia rusa.
Al principio no intenté confiarle mi verdadera identidad, aunque asegurándole siempre proceder de la familia Romanov.
Ponía la expresión de creerme, pero en otros momentos parecía que me tomaba por una simple institutriz de los Romanov, o de otra de las familias importantes rusas.
Desde el principio apaciguó todos mis temores, asegurándome una plena libertad de acción por la ciudad, dándome garantías sobre mi seguridad, recomendándome una casa donde unas buenas mujeres me acojerían con gusto.
Tranquilizada por este lado, al dia siguiente pude cambiar mis vestidos del pueblo, por otros un poco más refinados pero sin exageración
Esas mujeres de la residéncia me ayudaron en las compras, ocupándose en atender mis gustos.
Casi cada dia visitaba al chammán en su mezquita, hablando los dos de Rusia -que conocía muy bien- de las lejanas tierras árabes, de Arabia y del próximo oriente.
Me describió La Meca, que él visitaba muchas veces en el curso de sus peregrinajes. También me habló de Damasco, de Jerusalen…
Yo le hablé del proyecto de acercarme lo más posible a Rusia, es decir, a la costa de Crimea, con la esperanza de ver a mi abuela.
Comentábamos de vez en cuando las noticias venidas de la guerra y del próximo oriente.
Mi protector me aseguró conocer particularmente bien al rey del Hedjaz, actualmente tambien rey de Siria, por haber sido su mejor amigo en Arabia, como Gran Cherif de La Meca.
Conociendo igualmente a sus hijos, unos audaces y enérgicos árabes que se sublevaron contra los turcos. Pero sobre todo, al más noble, elegante, inteligente y refinado de todos, al emir Faisal ibn Hussein Al Alí, quien dirigió con tenacidad la revuelta árabe, llevando sus fuerzas rápidamente hasta territorio Turco, que había liberado hacía poco a Damasco y que por eso, los días del Imperio Otomano parecían contados.
El anciano me habló tanto del “León Hussein ” y de su hijo, el valeroso Emir Faisal, que no paraba de soñar con ellos por las noches.
Si yo llegaba a Damasco y las tropas árabes que acompañaban a los ejércitos ingleses llegaban hasta Turquía, -lo que es decir hasta Constantinopla mismo- sería como un juego para mí entrar en Crimea. (Si esta región nuestra, todavia se encontrase libre de los rojos). Por lo que podría hacerme reconocer como Zarina Regente de todas las Rusias, gracias a los documentos llevados día y noche entre mi blusa y mi piel.
De todas maneras, en el caso de encontrarme en dificultades me iría a Rumanía, puesto que allí, ya en compañia de mi familia no tendría nada que temer, para desde éste pais volver a entrar sin lucha en nuestra Bienamada patria.
A fuerza de conversar con el Jefe Religioso de estos proyectos, finalmente llegó a la conclusión de que yo era una Romanov.
Me dió un documento con una nueva identidad elegida entre los dos: Miss Tati Romaní.
Además, me facilitó dos cartas de recomendación, una para llevarla a una personalidad de Bombay, y la otra, la más importante, para el Rey del Hedjaz y de Siria, Hussein Ibn Alí, o bien, en su defecto para su hijo, el Emir Faisal.
Después de separarme de éste gran amigo de Rawalpindi, cogí el tren, llegando hasta Hiderabad, en un viaje muy largo y cansado.
Visitando esta ciudad-que me gustó mucho- vendiendo algunas piedras pequeñas a fin de permitirme comprar vestidos y otros efectos de aseo.
Me vestía completamente a la manera de las hindúes y procurando en lo posible arreglarme como ellas.
Algo que extrañaba a casi todos los comerciantes era el comprobar mi confusión al intentar comprenderles, además, empleaba muchas palabras inglesas. Teniendo en cuenta no charlar demasiado, limitándome a señalar con el dedo, o soplar, sacudir y mover la cabeza según los precios expuestos. Pero en ningún sitio tenía muchas ganas de abrir la boca.
Si salía sin comprar nada, un empleado venía corriendo detrás, rebajando los precios cada vez más.
Al cabo de unos días tuve que continuar viaje hasta Bombay, siempre en tren.
Una vez allí, fuí enseguida a casa de unos amigos del Jefe Religioso de Rawalpindi, unas personas que me abrazaron con afecto.
En esta ciudad me enteré de que la guerra había terminado, aunque por eso no parecía que los sucesos de Rusia mejorasen. Además, la situación se presentaba confusa, asi que podia correr riesgos por allí.
Queria evitar el contacto con las autoridades inglesas y francesas antes de recibir el apoyo de mi familia, para después ser reconocida por los rusos como su Zarina Regente.

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Aquí termina la traducción, del ruso al francés, hecha por la señora Escaliers, del Diario escrito por mi madre en 1919, -desde julio a septiembre- en su residenvia del Castillo, en Damasco, calle Mohajerim.Lo que sigue ahora proviene exclusivamente de mis recuerdos, por haberlos escuchado de los labios precisamente de la dama de compañía de “Miss Tatia Romani”. Quien le contaba a mi tata, que mi Madre se vió obligada a quedarse por algún tiempo en Bombay, que unos amigos la alojaron en una casa adornada con unas largas terrazas que daban el mar, por donde ella veía entrar y salir muchos barcos, sobre todo de pescadores, que por las mañanas venían a traerle los pescados en unas cestas de mimbre, para que mi Madre los eligiese.
Las calles de la ciudad bajaban desde esa casa hacía el mar, disponiendo algunas calles de toldos colgados, a fin de impedir que directamente pasaran los rayos del sol.En ese momento, mi tata interrumpió a la señora, diciendo que ella “había visto algo igual en Andalucia y en Barcelona y que en esta ciudad se vendía el pescado de la misma manera”.
(Siendo ésto del todo falso, según lo pude comprobar más adelante). La señora egipcia le contradijo, asegurándole conocer un poco Barcelona, diciéndole que esta ciudad portuaria, “no resiste ni un punto de comparación con Bombay”.
En ese momento de la conversación, esta señora explicó una vez más, como vino a ser primero la dama de compañía de la Gran Duquesa, para después ser mi niñera y al decir ésto comenzó a manifestar un deseo casi incontenible de cubrirme el rostro de besos, lo que no gustó demasiado a mi tata. Contó que los amigos de Bombay aconsejaron a mi madre el tomar a su servicio a una señora de compañía, no teniendo inconveniente en hacer ellos mismos las gestiones necesarias.
Y he aquí que como resultado, una señora, creo que viuda, de nacionalidad egipcia, entra en escena. Hablaba árabe, un poco de hindú, el inglés suficientemente y mal el español, por haber acompañado una vez a una pareja americana a La Habana (siendo este hecho de gran importancia para mi, y el origen de encontrarme en este momento escribiendo en Barcelona. Siendo éste el instrumento de la fatalidad, aunque de todas maneras, mi Destino debía conducirme irremediablemente a esta ciudad).
Esta futura niñera tenía un nombre que jamás he podido retener, debido a que solo lo escuché pronunciar tres o cuatro veces por mi tata cuando yo era niño. No obstante lo he tenido mucho tiempo en la punta de la lengua. Hasta en una ocasión, como mi tata me hablaba de esta señora y yo quería decir su nombre, le dije:- ¡Ah!… ¿La señora Mindret?
-No, no. La señora Mindret es una cliente y no tiene nada que ver contigo. Te confundes…
-Entonces, ¿cómo se llamaba?, no puedo acordarme…
Pero mi tata no respondía
-¿Qué nombre tenía?. Dímelo tata.
Pero esta ladrona de huérfano tenía que callarse. Ella sabía muy bien que a partir de mis catorce o quince años se me respondería como era debido y que por eso no olvidaría más ese nombre. La última vez que escuché relatar todo ésto a mi ex-niñera, debía tener alrededor de los trece años. Me acuerdo bien: ella llegó de improviso desde París, como una auténtica ventolera. Se dirigía a Marsella para embarcarse, pues estaba al servicio de una pareja de franceses que vivían en Tonkin. Estos patronos tomaron el barco en El Havre, mientras que ella les pidió el favor de hacer el viaje por tren, via Nimes y Alés, con el objeto de verme, cosa a la que accedieron.
Mi ex-niñera se puso a contar también como la hijita de estas gentes, muy pequeña, fué un día capturada de la casa por un gran mono que la llevó al bosque -un poco como la historia de Tarzán- hasta que finalmente su padre organizó una batida con todos los hombres disponibles, encontrando a su hija en una colonia de monos, sin haberle pasado nada malo.
(quizás fué mi tata quien contó ésto, después de haberselo contado una de sus clientes. Mi nurse debía estar empleada en las Indias). Recuerdo perfectamente a esta niñera: era muy delgada, vistiendo de negro de la cabeza a los pies, con una piel también muy oscura. Llevaba un vestido entallado, una falda y un pequeño sombrero rodeado de un volado, rematado por una ligera pluma blanca.Hablaba mucho, dejando ver sus dientes cuando sonreia. La vi en tres ocasiones: la primera en 1924, en Egipto y las dos siguientes en Alès. Visitas suyas que recuerdo vivamente. La primera en 1929 quizás en el mes de mayo o junio, un poco después del mediodia, o antes de la una, pues mi tata me hizo retrasar mi entrada en la escuela teniendo que decir mentiras. Ella no quería que me quedase en casa hasta que se marchase, a fin de impedirme escuchar las numerosas referéncias sobre mi madre.

Una actitud que asombra mucho de esta mujer y también de la buena de mi otra tata -la Gregoria- era que no paraba de escuchar las conversaciones con la oreja pegada en las paredes. Otra vez, fue en 1933 o 1934, igualmente en verano, durante las vacaciones. En estas dos visitas esta señora, declaró ser mi “nurse” (niñera), empleando esta palabra inglesa, la cual se me quedó grabada en mi memoria. Tampoco paró de repetir mi nombre, explicando las razones de mi Madre para dármelo: La Biblia… Damasco…etc.
Muy a menudo me abrazaba como nadie lo ha hecho – a parte de algunos besos de la señora Sauvage, la mujer del alcalde de la ciudad de Alès, durante 1925-26-27. No me acuerdo haber recibido otros abrazos así en toda mi vida. Jamás, jamás. En ninguna circunstancia. Pues ni cuando la fiebre devoraba mi cuerpo y me trastornaba el espiritu, mi tata me abrazó ni una sola vez.

Fin de mayo de 1919

Miss Tatia Romaní y su dama de compañía llegaron por barco a Beirut, una ciudad ocupada entonces por los franceses. Como mi futura Madre les temía, prefirió evitarlos, a pesar de tener sus papeles con el visado inglés dándole cierto valor, pues los amigos de Bombay le aseguraron que con ellos no correría ningún riesgo.
Las dos mujeres se instalan en un hotel situado en el viejo barrio turco.
Mi futura Madre y mi futura niñera, hicieron su entrada en Damasco en taxi, dirigiéndose enseguida a la residencia del Emir Faisal. (En 1973, era la embajada de Francia la que ocupaba esa residencia).
Delante de la puerta, les reciben los centinelas y un oficial árabe, marchándose a informar.
Los minutos se hacen largos.
Se les invita a sentarse ofreciéndoles café y té, según las costumbres árabes.
Al fin vuelve el oficial: la via se encuentra libre y el Emir les concede audiencia.
La Gran Duquesa y su dama de compañía atraviesan un patio para entrar después en una sala con los muros encalados.
De improviso, un hombre avanza en su dirección vestido con un uniforme de alto oficial del ejército inglés.
La Gran Duquesa Tatiana Nicolaievna, Heredera Regente del Trono de los Zares de la Santa Rusia, tenía delante al legendario Emir Faisal, hijo del Rey de la Hedjaz y de Siria, Victorioso de los Turcos, futuro Rey de Siria y muy pronto Rey del Irak.
Este HECHO, previsto por la Santa Bibele, por San Gregori Efimovitch, por mi Abuela la Gran Duquesa Aliss de Hesse, Zarina Alexandra Feodorovna y por mi Abuelo, el Zar Nicolás II, se realizaba, siendo el Reencuentro del mundo Arabe con la Eterna Rusia. La Historia escrita hace miles de años seguía su curso inexorablemente y con total precisión.
Ni mi Madre, ni mi Padre sabían en esos momentos que su propia Suerte estaba escrita un Día por Dios, en Bibelos y que EL se encontraba presente en ese encuentro producido en Damasco.
A pesar de los grandes sufrimientos que le esperaban a mi padre, esta vez ningún Teodos le convencería de dejarle por piedad, el delta del Nilo, pues…

LA PIEDAD ES UNA DEBILIDAD QUE LOS JUSTOS NO PUEDEN PERMITIRSE

Este Diario fue publicado en francés en 1990.
Iba incluído en las primeras páginas del libro titulado OPERATION ALISS
escrito por A. Eleazar Romanov, quien afirma ser el hijo legítimo de
la Gran Duquesa Tatiana Nikolaievna Romanov,
la única superviviente de la Familia Real Rusa e hija del Zar Nicolás II

Tatiana_Nikolaevna