OPERATION ALISS (1 mayo 1943, pags. 171 a 173)

OPERATION ALISS  (Versión traducida)

El 1 de mayo de 1943, un sábado por la mañana, se me asignó al barracón francés a pintar las oficinas del Comisario de la Policía.

La tarea de recogidas de hojas secas y el transporte fuera del campamento, con la ayuda de carretillas,  se suprimió temporalmente debido a ciertas evasiones (de Yugoslavos, Furlan y compañía). Las salidas permanecían prohibidas  para todo tipo de ocupaciones.

Me encontraba pues en las oficinas, tratando de pintar la rampa interior, cuando los guardias se abalanzaron sobre nosotros con las órdenes de evacuar los lugares.

Los otros internados, el alemán de Berlín entre otros, salieron, y debí seguirles, sosteniendo el bote de pintura en una mano y el pincel en la otra.

Estaba muy lejos de imaginar lo que el Destino me reservaba en esta mañana de primavera. Nuestras miradas fueron atraídas en seguida por los guardias y los inspectores de policía, los cuales se dirigían hacia el pasillo principal, dónde un coche grande y negro, con un largo motor, lentamente llegaba hacia el barracón de las oficinas, para detenerse finalmente a una veintena de pasos de nosotros.

Muy sorprendido vi como dos oficiales alemanes, en uniformes verdes o grises, ponían pie a tierra, así como un hombre, de arriba abajo vestido de negro y  usando un sombrero que no se llegó a quitar.

Todas nuestras miradas de internados se posaron sobre la escena. Éramos bien una media docena, sin contar a los guardias, contemplando a estos individuos.

Oí al comisario darle órdenes a un cabo y éste se lanzó a la oficina del comandante. Sin embargo, no tuvo que caminar mucho tiempo, porque nuestro gran jefe avanzaba con destino al coche, con toda la velocidad que le permitían sus  largas piernas.

Haciendo el saludo militar alemán, e inclinando luego la cabeza, según la costumbre, aceptó la mano ofrecida por el que parecía tener mayor graduación.

Según Hans, uno de los oficiales era capitán y el otro comandante, perteneciendo los dos a la Gendarmería de campaña. Me confió su gran miedo, porque si venían a buscar a alguien éste no podía ser  otro que él.

– ¡Los conozco bien a esos tipos! Me dijo con voz ronca.

Entonces, el gendarme-comandante sacó inmediatamente un documento de una gruesa cartera de cuero a fuelles.

El comandante del campo echó a aquello una ojeada rápida. Volviéndose hacia el cabo alzó un poco la voz para darle sus instrucciones, acompañándose de gestos manuales y de sus piernas que golpeaban  una a la otra.

A su vez,  el cabo se dirigió a uno de nuestros guardias (que no eran  los habituales y no conocían a los internados por sus nombres) y le pidió que le siguiera.

Los vimos desaparecer en dirección a la sección B. Desde nuestra posición, yo no podía percibir cual sería la causa de los registros,  y los no trabajadores  que permanecieran en el área, no lograrían darse cuenta de la presencia de los alemanes.

Estupefactos, los susurros siguieron un buen rato sobre ésta visita que nadie esperaba, ni siquiera el comandante ni el comisario de Policía, quien parecía muy sorprendido y no hizo más que pedir disculpas por no ser capaz, a causa de la pintura fresca, de llevar a estos señores hasta sus oficinas.

Hans, bastante nervioso, trató de colarse…

Me volví hacia él:

-Es posible que sea a ti a quien buscan.

-¡Oh! ¡No me sorprendería! ¡Con esos (¿?) allí (él siempre decía ésta expresión) nunca se sabe!

Nuestro capataz, como siempre,  éste español de nacionalidad francesa que posee una pequeña casa Tarragona, según él, nos rogaba que nos mantuviéramos en silencio y en el mismo lugar. Cada vez que un personaje extranjero penetraba en campo, estaba prohibido moverse y entrar en las barracas del cuartel francés.

Debíamos quedar a la vista y al alcance de las carabinas de los guardias, quienes no nos quitaban ojo, como si súbitamente nos hayamos convertido en unos individuos peligrosos.

Al cabo de una media hora, el cabo, flanqueado por un guardia, volvió cabizbajo de nuestro barracón. Dirigiéndose al comisario, le confió que el interno buscado se encontraba, de momento, en el barracón francés y en los trabajos de pintura.

Oí bien esas palabras… La pintura… Y un escalofrío me subió entre los omóplatos, porque por añadidura, de repente, un nombre emergió del alboroto de guardias quienes hicieron un movimiento de cerco en torno a él… ¡Eleazar!

Me pareció como si la tierra se hundiera bajo mis pies… ¡Sí! Sin duda un mundo acababa de desaparecer y otro nuevo aparecía entre el verde follaje.

Cuando los guardias fueron a hablar de nuevo y nadie me dijo nada, recuperé un poco de aliento. Apenas podía creer lo que oía. Pero mi nombre fue bien pronunciado. Lo entendí repetido por otro guardia, que rápidamente llegó a la siguiente conclusión. A lo largo del campo ningún otro tipo se llamaba Eleazar, mucho menos, en este momento, estaba designado a  la tarea de la pintura en el cuartel Francés.

Si existiera aquí otro Eleazar, lo habría sabido al mismo momento de su llegada y a pesar del desfile incesante miles de judíos, ni uno sólo de esta raza con mi nombre puso los pies entre nuestros alambradas. El comisario gritó a todo pulmón, echando una mirada alrededor de nosotros.

– ¿Alguno de ustedes se llama Eleazar?

Ahora no cabía la menor duda. Se trataba bien de mí. Antes de hacer un solo gesto un guardián me señaló con el dedo:  ¡Era la milicia!

Me vi obligado a responder.

-Me llamo Eleazar, de nombre…

-¿Y estás inscrito en el registro de entrada del campo bajo el nombre de Rodellas?

-Sí… Le dije.

-Entonces, acérquese… Estos señores desean hablar con usted. Por cierto, ha sido liberado por la Secretaría de Justicia de Vichy.

Mi cabeza se desprendió del mundo presente.

Avanzando hacia esos alemanes una inquietud inmensa invadió mi espíritu. Una cuestión ardiente bullía en mi cerebro.

Si fui liberado por Vichy, tal como mi tata me lo anunciaba en su última carta y en su telegrama, ¿Por qué motivo esta liberación me llegaba del fondo de la cartera de un comandante de la gendarmería  alemana? ¡Los alemanes no estaban a punto de arrestarme!

                                                                  OPERATION ALISS  (Versión original)

Le premier mai 1943, un samedi matin, je fus affecté au quartier français pour peindre les bureaux de la Sureté ou du commissaire de Police.

La corvée du ramassage des feuilles mortes et de son transport en dehors du camp, à l’aide de brouettes, se trouvait momentanément  supprimée à cause de certaines évasions (celle des Yugoslaves, Furlan et compagnie). Les sorties demeuraient interdites pour toutes sortes d’occupations.

Je me trouvais donc dans le bureau en train de peindre la rampe intérieure quand des gardiens se précipitèrent sur nous avec ordre d’évacuer les lieux.

Les autres internés  -l’allemand de Berlin entre autres- sortirent et il me fallut les suivre en soutenant le pot de peinture d’une main et le pinceau de l’autre.

J’étais bien loin de supposer ce que le Destin me réservait en ce matin de printemps. Nos regards furent aussitôt attirés par les gardiens et les inspecteurs de police, lesquels se dirigeaient vers l’allée principale où une grosse voiture noire, avec un long moteur, arrivait lentement vers la baraque des bureaux, pour s’arrêter finalement à une vingtaine de pas de nous.

Très surpris je vis comme deux officiers allemands, en uniformes vert ou gris, posaient pied à terre, ainsi qu’un homme, de haut en bas vêtu de noir et coiffé d’un chapeau mou qu’i n’enleva pas.

Tous nos yeux d’internés se portèrent sur la scène. Nous étions bien une demi-douzaine, sans compter les gardiens, à contempler ces individus.

J’entendis le commissaire donner des ordres à un brigadier et celui-ci fonça au bureau du commandant. Cependant il n’eut pas à cheminer long temps car notre grand chef avançait en direction de la voiture de toute la vitesse lui permettant ses longues jambes.

Saluant militairement les allemands, puis inclinant la tête de côté, selon son habitude, il accepta la main offerte de celui qui paraissait avoir le plus de grades.

Selon Hans, l’un des officiers était capitaine et l’autre commandant, appartenant tous les deux à la Feld-gendarmerie. Il me confia sa grande peur car s’ils venaient chercher quelqu’un celui-ci ne pouvait  être autre  que lui.

-Je les connais bien ces types-là ! Me fit-ìl d’une voix rauque.

Alors le gendarme-commandant sortit immédiatement un document d’un gros cartable de cuir à soufflets.

Le commandant du camp y jeta un rapide coup d’oeil. Se retournant vers le brigadier il éleva un peu la voix pour lui donner ses instructions, en s’accompagnant de gestes  manuels et de ses jambes qu’il battait l’une contre l’autre.

A son tour le brigadier se dirigea à l’un de nos gardiens (ceux-ci n’étant pas les habituels ils ne connaissaient pas les internés par leurs noms) et le pria de la suivre.

Nous les vîmes disparaître en direction du quartier B. De notre position je ne pouvais apercevoir celui à cause de la baraque des fouilles et les non-travailleurs restés dans le quartier n’arriveraient pas à se rendre compte de la présence des allemands.

Stupéfaits, les chuchotements allient bon train sur cette visite dont personne s’y attendait, même pas le commandant ni le commissaire de Police, lequel semblait bien surpris et ne faisait que s’excuser de ne pouvoir faire entrer ces messieurs à cause de la peinture toute fraiche de ses bureaux.

Hans, tout à fait nerveux, tâchait de se faufiler entre nous…

Je me retournais vers lui :

-C’est peut-être bien toi qu’ils cherchent.

-Oh ! Cela ne m’étonnerait pas ! Avec ces zigoteaux-là (il disait toujours cette expression) on ne sait jamais !

Notre chef de corvée, toujours le même, cet espagnol de nationalité française possédant une petite maison a Tarragone, selon, lui, nous priait de rester silencieux et sur place. Chaque fois qu’un personnage étranger pénétrait dans camp, il  était interdit de se mouvoir et entrer dans les baraques du quartier français. Nous devions demeurer à vue et à portée des carabines des gardes qui ne nous quittaient pas des yeux, comme si subitement nous serions devenus des individus dangereux.

Au bout d’une demi heure, le brigadier, flanqué du gardien, revint tout penaud de notre  quartier. S’adressant au commissaire il lui confia que l’interné recherché se trouvait en ce moment au quartier français et à la corvée de la peinture.

J’entendis bien ces paroles… la peinture… et un froid me saisit entre les omoplates, car de surcroît, tout à coup, un nom émergea du brouhaha émanant des gardes qui firent un mouvement d’encerclement autour de lui… Eléazar !

Il me sembla comme si la terre s’enfonçait sous mes pieds… Oui ! Sans doute un monde venait de disparaître et un autre nouveau apparaissait entre la verdeur des branchages.

Je ne voyais plus mes compagnons et tout semblait se retirer devant moi.

Comme les gardiens discutaient encore et personne ne me disait rien, je repris un peu de souffle. J’avais peine à croire mes oreilles. Cependant mon nom fut bien prononcé. L’entendant répéter par un autre gardien, rapidement j’arrivais à la conclusion suivante. Dans tout le camp aucun autre type s’appelait Eléazar et encore bien moins en ce moment se trouvait à la corvée de peinture au quartier français.

Si ici in autre Eléazar existait je l’aurais  su à l’instant même de son arrivée et malgré l’incessant défilé de millier de juifs, pas un seul de cette race avec mon ne mit les pieds entre nos barbelés.

Le commissaire cria de tous ses poumons, tout et jetant vers nous un regard circulaire.

-L’un d’entre vous s’appelle Eléazar ?

Maintenant aucun doute ne paraissait possible. Il s’agissait bien de moi. Avant de faire un seul geste un gardien me désigna du doigt : c’était le milicien !

Je fus obligé de répondre.

-Je m’appelle Eléazar, de prénom…

-Et vous êtes  inscrit au registre d’entrée du camp sous le nom de Rodellas…

-Oui… fis-je.

-Alors approchez-vous… Ces messieurs désirent vous causer. D’ailleurs vous êtes libéré par le Secrétariat de Justice de Vichy.

Ma tête se détachait du monde présent.

En avançant vers ces allemands une immense inquiétude envahissait mon esprit. Une question brûlante affluait à mon cerveau.

Si j’étais libéré par Vichy, tel comme ma tata me l’annonçait dans sa dernière lettre. Et son télégramme, pour quelle raison cette libération m’arrivait du fond du cartable d’un commandant de la gendarmerie allemande ? Les allemand ne m’arrêtèrent point !

 

 

 

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