Mi padre, aquel árabe elegido por Dios…

  • Traducido del libro OPERATION ALISS:

MI PADRE, AQUEL ARABE ELEGIDO POR DIOS

¡Días de Constantinopla!

Días de juventud, de esperanzas y de sueños…

De estudios entre buenos amigos,

¡entre cafés turcos!

entre tés y tés, hasta la llamada del almuecín,

hasta descalzarse a la puerta de la Mezquita

para orar a Allah una vez más,

todas las veces que a diario

dentro de nuestras almas Árabes nosotros pensamos,

nosotros amamos y nosotros invocamos

nuestra tierra natal que gime de rodillas.

Mi padre, el Emir Faysal, sueña con la ruta del Sur… ¡La de Alepo, de Homs, de Damasco, de Deera, de Amman, de Yeddah, de Medina y de la Meca!

¡La Meca! ¡Qué lejos está! ¡Tantas y tantas horas de tren!  La visión de las montañas interminables de Turquía, desde las ventanillas del tren a las vías zigzagueantes y atravesando extraños desiertos entre colinas horadadas por hoquedades.

¡Finalmente La Siria! ¡La Siria de sus sueños de infancia!

Era la etapa intermedia antes de abordar la gran tierra árabe (llamada Vazirat ul Arabe, nombre que proviene en primer lugar de BEZARAT “territorio del Zar Be”. Luego Bezarat, escrito VIZARAT, significó territorio de un Visir. Cuando pasó a manos de los chériffs esta tierra se convertió en Vazirat de los árabes, (a pesar de que ese nombre ya no signifique nada más) que dormita a lo largo del Mar Rojo.

Aproximándose a Damasco, mi padre siempre sentía una extraña sensación. Jamás él pudo saber por qué.

Cuando el tren jadeante penetraba en la estación, él ya se sentía como en casa. Una vez fuera, la vista de la gente le llenaba de una gran emoción. Esta le parecía diferente a la de Constantinopla.

También se sentía más ligero. El clima podía contribuir a esa sensación.

¡Sí! El aire parecía más sano. Sin duda por no ser tan húmedo como el del Bósforo, y por su condición de hijo del Hedjaz mi padre sabía apreciarlo. Además, las noches, más bien frescas, le aseguraban un buen reposo.

Primero visita a un amigo libanés de Hermés que le recomendaron en Constantinopla. Era un hombre alegre y buen conversador que, como él, soñaba en una Siria sin turcos. Ellos no tardaron en encontrarse en la casa de Kamal, casi en frente de una de las numerosas Mezquitas de la ciudad. Allí tomarían juntos unas tazas de té bien caliente.

La conversación ya estaba en marcha. El tráfico en las calles de Constantitonopla, los obesos funcionarios turcos de cabeza tan dura y los delgados empleados municipales sirios, quienes debían inclinarse ante ellos para recibir alguna propina. En aquellos tiempos Abdul Hamid había logrado amasar por aquí y por allá una confortable fortuna.

Pero Faysal no olvidaba en insistir sobre el hecho de que los acontecimientos parecían inclinarse en favor de los árabes, tanto de Hedjaz como pueden ser de Siria.

-El chériff Hussein me ha encargado estudiar la situación en Damasco y debo visitar frecuentemente el Cuartel General de Yemal Pacha…

-¡Behannik! (te felicito), respondió de inmediato irónicamente el amigo.

Luego mi padre acompañó un rato, a pie, al libanés. Después, dando media vuelta se dirigieron hacia los zocos, a paso lento y despreocupado.

A él le agradaban los zocos de Damasco, pareciéndole diferentes a otros conocidos hasta entonces y más acogedores que los de Constantinopla con sus interminables callejuelas. Además, conducía directamente hacia la Gran Mezquita.

Al llegar frente a las altas columnas de piedras antiguas su respiración se volvió más fácil. El cielo se iluminaba de nuevo.

Su mirada escrutaba los puestos de los vendedores. En uno de ellos no tardó en divisar a un viejo armenio de Urfa, el cual recibió una vez su ayuda en la estación de Alepo, cuando estaba huyendo de la tierra de sus ancestros.

Al reconocer a Faysal Ibn Hussein, el viejo hombre vertió  lágrimas de alegría. Este se interesó en primer lugar por la salud del Chériff Hussein, después de sus hermanos y de él mismo. Enseguida prestó atento oído a las palabras de esperanza de mi padre, que vaticinaba en confidencia y a voz baja, el fin de los turcos.

El armenio siempre tenía una tetera bien caliente cubierta de una servilleta de lana rústica e invitó a mi padre a cruzar la puerta de madera.

El anciano odiaba a los invasores con todas sus fuerzas y quería inquirirle sobre las nuevas corrientes de opinión en circulación por la capital otomana.

No paraba de interrogar a su noble amigo.

También habló largo tiempo de su lejana Armenia y de los horribles asesinatos de los cuales los turcos demostraron ser culpables.

-Mi hijo era un hombre piadoso, él debía casarse unas semanas después de nuestra tragedia, con una de las más bellas hijas de nuestra ciudad. Él me respetó siempre, y un hombre que respeta a su padre respeta las leyes… Sin embargo, no pudo evitar decir la verdad. ¡Y aquí ves tú a dónde lo ha conducido! Los turcos vinieron a buscarle una noche como ésta… Desde entonces no le he vuelto a ver.

Cuando lo reclamé a la mañana siguiente, ellos tuvieron el cinismo de responderme que no sabían nada. Según su policía ninguna orden de arresto se había tramitado contra él. Diecinueve hombres desaparecieron esa noche en nuestra ciudad y nadie los volvió a ver o escuchó hablar de ellos. Yo rabiaba de desesperación y me proponía  llamar a las puertas de los turcos, cuando amigos me aconsejaron huir tan pronto como sea posible.

Y finalmente, ante las súplicas de mis hijas y mis hijos menores, tuve la cobardía de abandonar mi casa y mis tierras. ¡Tal vez hice bien!

Algunas horas después los turcos asesinaron a la mayor parte de los hombres que se quedaron en la ciudad. Y entre ellos, ¡Aquellos que me aconsejaron partir cuanto antes!

Mi padre trataba de consolarle ofreciendo al desdichado todas las palabras de esperanza que le venían a la boca, después abrazando con fuerza al khetyar (anciano) le susurró al oído:

-¡Al hurriyé qarreb! (¡La libertad se acerca!)

-Ve a ver al Chamman, Faysal… Nosotros le hablamos muy a menudo de ti.

Los dos hombres se saludaron otra vez. Grandes lágrimas cayeron sobre las mejillas arrugadas del viejo armenio.

-¡Allah idimak! (¡Dios te guarde!) Le dijo con dulzura mi padre.

Ahora el Emir Faysal recorría el patio de la célebre Mezquita de los Omeyas.

Volviendo a ver su suelo de piedras brillantes a causa de las carreras de los niños descalzos, al contemplar su gran minarete recortado sobre un fondo completamente azul, al reconocer de nuevo sus imponentes columnas, él estaba seguro de encontrarse en esa Damasco de leyenda que le obsesionó durante sus noches nerviosas de Constantinopla.

Él no sabía con precisión si amaba más a Damasco que a su ciudad natal. Pero cuando por fin penetró bajo la inmensa bóveda de donde colgaban múltiples lámparas amarillas y cálidas, y sus pies descalzos caminaron por las amplias alfombras rojas, algunas de las cuales fueron donadas por el Chériff Hussein, su augusto padre, se sintió atraído por una voz secreta y profunda que parecía susurrarle:

-¡Ven a mí! ¡Oh Emir Faysal! ¡Hijo de Hussein, Bravo entre los Bravos y Creyente entre los Creyentes¡ Ven a mí noble y puro descendiente de Mahammed… ¡Acércate a mi tumba en éste lugar! ¡Te he elegido para liberar la Siria y realizar una Misión Divina…!

Mi padre se quedó un cierto tiempo aturdido. ¿Cómo un pretendido muerto, enterrado sin duda bajo las losas de la Mezquita, podía transmitir a su cerebro aquellas palabras de exaltación?

No alcanzaba a comprender aquel misterio. Por cierto, no era la primera vez que éste lejano ancestro le hablaba de ésta manera. ¡No!

En cada uno de sus viajes a la ciudad sagrada le parecía escuchar esta voz.

Ya con su padre, antes de cumplir los diez años, sintió un extraño escalofrío cuando entró en la Gran Mezquita.

El Chériff Hussein Ibn Ali, un hombre ilustre y buen conocedor de Damasco, poseía en ésta ciudad un buen número de amigos que vinieron a verle a Constantinopla y fueron presentados a sus hijos.

Sin ninguna duda, uno de ellos, el Chamman de los Omeyas, visitó al Chériff Hussein dos o tres veces durante los 18 años de su residencia forzada en la capital otomana. Él vivía muy cerca y mi padre debía visitarle cuanto antes.

Faysal abandonó la Mezquita por la puerta posterior, en el lado opuesto de los zocos.

Silenciosamente siguió una pequeña calle cruzando un barrio muy antiguo, antaño muy querido por su augusto padre, el cual le contaba que a menudo, en su juventud, durante sus viajes a Damasco, visitó aquí a un amigo de Hedjaz, de Medina, a quien encargó una vez buscarle unos documentos antiguos, y como éste tardó en volver, finalmente tuvo que ir a Damasco él mismo para efectuar aquella tarea. Pero el amigo estaba en camino de realizar una buena labor…

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